Primer aniversario pagano

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Yo me fui de un pueblo en el que cada primavera sonaban tambores impertinentes que marcaban la marcha de las procesiones que estaban por venir. Cada viernes, un miserere, un ensayo de la Semana Santa, que a mi se me antojaba eterno. Supongo que también tenía algo que ver en mi hartazgo el hecho de que después de cada miserere, ya por la noche, algún tamborilero borracho, no me dejara dormir al pasar por mi calle tocando el tambor sin ritmo y sin ganas.

Confieso, sin embargo, que ansiaba que llegara la noche de las saetas. Anhelaba el momento en el que, de noche y a oscuras, con ese olor a cera que duraba semanas, me apostaba en una esquina para oír a las mujeres que, subidas al balcón y vestidas de luto, le cantaban al Cristo que paraba en su puerta. La primera vez que escuché aquello, al menos la primera vez de la que tengo recuerdo, sentí un miedo atroz. Me escondí detrás de mi padre, me agarré a su pantalón y aún recuerdo el golpeteo del corazón que quería salirse por las yemas de mis dedos, que se asían con fiereza a las piernas de mi progenitor.

La segunda vez sentí el mismo espanto, pero me habían crecido el cuerpo y la valentía. Entonces, incluso me atreví a mirar sin esconderme, a pesar de que toda mi piel se erizó de tal manera que incluso me dolía. Cantaba una mujer con la voz oprimida y mirando a un Cristo con mucha sangre y muchas heridas de una manera que me hizo desear creer en algo. Nacer impertinente tiene esos tragos: que dudas de todo desde la cuna. Por suerte, muy pronto percibí un pacto en el cante por saetas que me alivió, un acuerdo de puesta en escena, un dolor interpretado que acaba siendo verdad, pero un dolor que no mata, un dolor sin objeto, un dolor de sujeto y nada más.

Hacía años que no pisaba una procesión. Años que no escuchaba saetas en Semana Santa. Y este año me acerqué a Hospitalet, por invitación de la Tertulia Flamenca de dicha localidad, para asistir al Festival de Saetas que organizaban. Nada más sentarme oí un ruido de tambores que me sobrecogió. Eran los romanos marchando a golpe de trompeta y baqueta. Por suerte, no había santo, ni era de noche, ni yo tenía cinco años, ni necesité a mi padre. Y de pronto, todo me pareció distinto, menos atroz porque había algo que me faltaba para entrar en situación. Lo busqué en mi cabeza, en mi piel, me adentré en los recuerdos y casi cuando me iba, lo hallé. Era un olor a masa espesa y aceite hirviendo. Era un toque de ajonjolí. Eso era lo que me faltaba: un efluvio a gotas de miel y aguardiente, a ralladura de limón rajándome la garganta. Eran los pestiños de mi abuela metidos en el perol y crujiendo al ritmo de los tambores, anunciándome la Semana Santa.

Esa tarde confirmé algo que ya intuía: que jamás me había gustado esta celebración, que como pagana de cuna, lo que siempre busqué fueron los escenarios, los abalorios, las excusas para sobrellevarla. Sus pestiños, sus saetas, sus olores… todo eso me hizo creer que la quería. Pero no es cierto y en cierta manera, es normal: aferrarse a los olores, los sabores y los sonidos es una forma pagana de aferrarse a dios.

Empecé este blog un mes de marzo, recordando una saeta terrible que escuché en un cruce de caminos. Hoy celebro su primer año de vida, en el que me habéis acompañado con tanto amor, también con una saeta. Y no porque sea una irreverente, no, sino porque de una manera un tanto simplista, sí, envidio al que cree y tiene certezas.
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