Amor gravitacional

Compartir el pasillo, el lecho y los cuchillos con alguien con quien no discutes nada, de casi nada o por nada debe ser como estar siempre nadando en una balsa de agua limpia y conocida.

Vivir con alguien con quien estás de acuerdo en todo debe ser reconfortante. Votar lo mismo, pensar lo mismo, decir lo mismo. Vivir con alguien con quien compartes gustos deber ser el súmmum de la calma y del ser feliz. Leer lo mismo, escuchar lo mismo, mirar lo mismo. A veces lo veo, desde lejos, y lo envidio.

En mi casa hay dos discos repetidos: uno de Paco de Lucía y otro de Camarón. Es parte del ajuar individual que trajimos los dos miembros que componen mi familia. Son las únicas piezas que teníamos y tenemos en común. Se repite algún libro, es cierto, pero son de juventud, de tanta juventud que no sé si entonces éramos algo de lo que somos ahora o esos textos sólo nos ayudaban a imaginar quiénes queríamos ser. Fuimos luego cosas distintas, también entre nosotros. Y bendigo cada noche esos desvíos.

Envidio la paz pero detesto la calma.

El amor no es química, es pura física. Fuerza gravitacional. Un par de discos y el olor de su piel ahorquillan la trayectoria del péndulo que me dirige. Cambiarle la trayectoria es obligado y la más dura de las tareas del amor largo.

Mi amor no es químico. Funciona sin bálsamos y sin adobos, y como no precisa oxígeno, no se oxida. Mi amor es geofísico, que viene a ser algo así como llevar la tierra entera sobre los hombros unos días y creerse capaz de levantar el vuelo al poco rato. De esa contradicción saca su energía el péndulo. De ahí su movimiento incesante. No conoce la calma. No conozco la calma. Y no la quiero.

Para amar, un punto de fricción es suficiente. Ni mágicas coincidencias, ni un alma gemela, ni un sí a todo, ni la paz. Un punto de contacto. Uno hecho de dos discos duplicados y del olor de su piel, única química a la que soy sensible.

 

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