Traducir las urgencias

 

Batea Félix Pérez con un out y hombre en tercera.

Alarcón en fly al jardín derecho para el primer out.

Gorkys conecta roletazo por tercera. 

 

Frases como estas me abren los oídos, me afilan el colmillo. Quiero saber. La vida, sin embargo, no me da para todos los frentes que abren mi ojos. Es uno de los motivos por los que me enganché al flamenco: porque no entendía lo que decían quienes hablaban de él. Leo cosas como ésta de aquí arriba, aséptica y precisa, sobre un partido de béisbol y me pregunto por qué puede querer alguien comunicarse con un círculo minúsculo habiendo una humanidad repleta de mentes hambrientas de conocimiento.

Crecí creyendo que mi pasión era traducir de un idioma extraño al mío lo que cayera en mis manos. Tenía ansías de aprender inglés, francés y ruso. Quería leer a Charles Dickens en su idioma y mientras leía, traducirlo al mío. Me excitaba pensar que un día podría hurgar en Dostoievski y confirmar mis sospechas de que su idioma, no era sólo ruso, sino sólo suyo. Deseaba, después de leerlo y aprehenderlo, traducirlo en un papel y que otros lo leyeran. Me equivocaba. Vislumbré mi error cuando Juana, la vecina de casi ochenta años que vivía dos casa más arriba de mi abuela Concha, vino a pedirme que le explicara el contenido de una carta del ayuntamiento. Ahí me di cuenta de que había traducciones más urgentes que las que yo soñaba. Tenía trece años y comprendí el contenido de una misiva escrita para confundir, no para informar a aquella anciana que hacia tres años que había aprendido a leer. Recuerdo la felicidad en sus ojos el día que lo anunció. Y la que sentí yo cuando vino a explicárnoslo.

El día que llegó la carta del ayuntamiento, no entendí del todo el enfado de Juana. Pensó la cría que era que la carta mareaba a Juana porque no tenía dibujos, condición que siempre ponía cuando me pedía libros prestados. Se la expliqué y aunque la entendió, no se le pasó el mosqueo. Enfurruñada y sentada al brasero que movía mi abuela, acabó por decir: “Si yo ya sé leer, ¿por qué no entiendo esta carta?”. Mi abuela despachó el asunto con soltura: “Juana, porque están escritas para que no se entiendan, mujer, porque quieren buscarnos la ruina.” Yo sabía que eso no era exactamente así, incluso en esos años, en que aún tenía la piel tierna y no practicaba el cinismo en ninguno de sus grados. Pero nuestra vecina, que había pasado una guerra, dos partos sin ayuda médica y mucha hambre, aceptó sin replicar aquella respuesta.

Yo intuía que allí había algo más que mala intención. Había desidia y chapuza. Y quise traducir con más ganas que nunca. Me di cuenta rápidamente de que esa traslación en la que yo pensaba no pasaba por aprender otras lenguas. Como creí que quizás pasara por conocer las leyes, quise estudiar derecho. Fue una calentura breve. Tuve otra etapa en la que pensé que para conocer la mente, había que conocer los cuerpos y quise ser médico. Pero me di cuenta de que, quizás a fuerza de haberme pasado la vida leyendo a grandes hipocondríacos, me había convertido en una. Si me costaba mantener el control de mis males, ¿cómo iba a ser capaz de tratar con carne ajena? Como la muerte es algo que obsesiona a cualquier adolescente que se pare a pensar durante tres segundos, también quise ser forense. El rechazo que sentí me disuadió de ello. Inspectora de Hacienda también fue algo que durante un tiempo llamó mi atención. Fiscalizar, averiguar, meter el dedo. Pero cuando vi que en mi entorno también se defraudaba, me dio angustia pensar en meterle la falange acusadora en el bolsillo a personas como Juana. Por no hablar de la repulsa de mis allegados, mucho más airada que cuando supieron que quería fisgar en los muertos.

No lo sabía entonces, claro, pero buscaba un lugar, un método, una posición desde la que traducir lo básico e importante. Y que me permitiera agilidad y premura. Las matemáticas pudieron ser una manera, pero no hallé el camino de llevarlas a la calle. No encontré la vía rápida de aplicarlas.

Mis primeros experimentos, sin saber hacía dónde me llevarían, los hice con el flamenco. Lo primero que me atrajo no fueron los bailaores, ni siquiera el dolor de píloro que me producía el cante. Lo que me atrajo fue que no lo comprendía. Y quise traducirlo. Primero para mi, luego para otros. No es que tuviera la intención de hallar el significado exacto del “tirititrán”, pues la traducción que ansiaba no era literal. Desde entonces hasta hoy, he leído mucha jerga, muchas frases hechas, cuestiones técnicas que sólo se comprenden cuando ya estás iniciado. Me gusta el papel del crítico, son los expertos que yo leo y que me gustan, que me enseñan y de quienes aprendo. También de los músicos que son capaces de explicar su mundo aunque no empleen para ello ni una palabra. Pero mi objetivo es otro. Yo sí empleo las palabras y tengo el compromiso de que se entienda sea lo que sea que explique con ellas. Me gusta, resumiendo y volviendo a Juana y a su recuerdo, explicarle a la gente cosas que, aún sabiendo leer, no comprenden.

Hay quien cree que lo que hacemos los periodistas es simplificar las cosas. Yo considero que sólo quienes buscan comprender a fondo lo que observan pueden explicarlo a otros de forma sencilla. Y no, no me dedico a hacer resúmenes. Mis ojos son míos y usted podrá ver, pero no mirar igual que yo. Ni yo igual que usted.

Otros piensan que los periodistas se meten en esto para hacer amigos. No es mi caso. Soy periodista, lugar desde el que traduzco urgencias. No soy corporativista y creo en la utilidad del fuego amigo pero no para matar ni con el único objetivo de hacer daño. A veces apunto para abajo, porque no creo que nadie sea bueno del todo, pero no disparo. No soy ambigua en nada, lo saben quienes me conocen, pero soy incapaz de ponerme sin dudar de ningún lado cuando me zambullo en una historia y vuelvo para contarla. Cuando eso no me pasa, sé que no ahondé bastante.

Creerse ciegamente lo que alguien cuenta y elogiar sin matizar y con locura son cosas que sólo se hacen por amor. Y yo no escribo por eso.

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2 comentarios en “Traducir las urgencias

  1. Genial Sílvia, simplemente genial. Preciosa reflexión sobre tu trayectoria intelectual y vital. Tus disertaciones y dudas me han recordado un fragmento de Rayuela de Cortázar, aquel que dice: «nos reincorpora al oscuro fuego central olvidado, torpe y mal y precariamente nos devuelve a un origen traicionado, nos señala que quizás había otros caminos y que el que tomamos no era el único y no era el mejor, o que quizá había otros caminos y que el que tomamos era el mejor, pero que quizá había otros caminos dulces de caminar y que no los tomamos».
    Continua así. Te sigo.
    Toni

Se permite cantar, se ruega no escupir

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