Los dedos de un hombre audaz

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Dani de Morón.

Ay, Dani. Yo tenía un amigo que se llamaba Dani. Para hacerle rabiar, le llamaba Daniel. Pero resultó que me quería tanto y tan bien, que no le importaba como yo lo llamara. Así que volví a llamarlo Dani otra vez.

Ambos teníamos la norma de escuchar los casetes sin rebobinar, es decir, que nos marcábamos como obligación ponerlas en el punto en que las cogiéramos en cada momento. Era una forma forzosa de probar el azar. El CD, claro, nos asesinó los riesgos. Ni ruidos, ni cintas que se enredan para ser desenredadas a cuatro manos, ni sorpresas con el corte de reproducción. A partir de ahí, decidimos no escuchar, sino cantar los temas que nos gustaban. Temimos perder algo y lo perdimos: sucedió a los pocos meses de escucharnos cantar siempre lo mismo.

De ese vicio de darle a la tecla del radiocassette sin importar en qué instante del limbo musical estuviera el cantante me quedó un subvicio: no escuchar lo discos de principio a fin. No al menos las primeras veces. No quiero saberme ni recitar los discos como se reza un rosario. Un tema detrás de otro, puestos a conciencia estoy segura, pero a conciencia de otro que no soy yo. Si un libro se vuelve a escribir cada vez que alguien lo lee; si un escritor tiene lectores aberrantes, certeros y creativos; un músico también tiene derecho a tenerlos. Y el deber de buscarlos.

Este largo preámbulo sirve para explicar algo que me pasó hace unos días. Llegaron a mis manos los diez temas de El sonido de mi libertad, el disco del guitarrista Dani de Morón. No puedo hacerles una reseña, ni una descripción, ni un resumen. No puedo porque, en cuanto se bajó en mi ordenador y mi mano hambrienta de azar puso a sonar un tema del que no sabía el nombre, ni el palo, ni nada, me sumergí en un bucle que sustituyó al enredo que ya no me dan las cintas. Me metí en la “Malagueña del Sorbito” y no salí de él durante horas. No sé cuántas veces he pinchado el tema, dándole vueltas al seso intentando averiguar qué tiene Dani en el suyo.

Los artistas son obsesivos. No les cuento lo que son los periodistas. No es que el corte sea hermoso, que lo es hasta llorar sangre licuada, es que que hay algo en ese tema que dice cosas de Dani. No sé cuales. Pinché otros cortes y entonces, se apoderó de mi la oyente imaginativa que también soy y me pareció que el maestro Joaquín Rodrigo se le había metido a Dani en un costado. Un puntito leve, no en todos los temas ni durante rato. No como un compañero evidente de viaje, sino como un tic de esos que nos queda por siempre, adquirido en silencio y en soledad, seguramente. Como cuando una, a falta de cintas, pone discos a girar a voluntad del albur o le cambia el nombre a alguien sin recordar ya porque lo hace.

En su otro costado no sé qué tiene Dani. Pero debe ser un fuelle porque lo obliga a avanzar. Lo he visto varias veces en directo y siempre da la impresión de hacerse caso. No como el cuerdo que todo lo sabe, sino como el loco convencido de un par de cosas vitales. Recuerdo que Dani le contó a Sara Arguijo que la condición indispensable para ser guitarrista es ser generoso. Yo añadiría que con uno mismo. Ser dadivoso y darle espacio a lo que se piensa y siente son los primeros pasos que da un valiente. Y al escucharlo tocar, es evidente que Dani no teme nada.

Compren el disco, pongan el tema que más les plazca o el que les ofrezca la casualidad. Y díganme si lo que oyen no es el sonido de los dedos de un hombre audaz.

 

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3 comentarios en “Los dedos de un hombre audaz

Se permite cantar, se ruega no escupir

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