Pidiendo aire

 

En aquella casa se escuchaba flamenco y rock principalmente. Y algo de música electrónica porque Jordi decidió un día hacerse Dj. Estábamos siempre en contacto con libros llenos de polvo porque los de segunda mano eran los que podíamos comprar. Aún así, hacíamos el esfuerzo de adquirir también alguno nuevo. La casa estaba llena de películas de Ivan, unas 1.500 cintas, algunas con dos o tres películas grabadas. Long play. Recuerdo que salía el sol y brotaban tetas. Era la broma de los chicos cuando llegaba la primavera y las mujeres nos descubríamos.

Queríamos leer. Y escribir, pero aún no lo sabíamos. Queríamos ser periodistas para leer y que los libros nos salieran gratis y nos pagaran por ello. Luego resulta que lees y escribes y a quien le sale todo gratis, libro, artículo y talento, es a otro. Aquellos días de sol viviendo en la calle Aribau plagada de librerías de viejo con dependientes huraños y desagradables eran la antesala del domingo, cuando íbamos al Mercat de Sant Antoni a ver si le sacábamos algo chulo a Antonio Rabinad por un buen precio. Le comprábamos a él porque algún profesor al que adorábamos nos lo había nombrado en clase. Cuando podíamos pagarlo, desayunábamos en Els Tres Tombs y casi siempre pedíamos un bocata de tortilla. No éramos conscientes de lo rápido que iba a pasar aquello.

Mis recuerdos de esa época son casi todos de días de calor y recuerdo también que de repente caía un chaparrón. Es por la memoria, que está compuesta de agua. No recuerdo haber usado nunca un paraguas, del mismo modo que no uso reloj. A lo primero sucumbí porque un día quedé para entrevistar a alguien, llegué calada hasta el sostén y mi entrevistado pensó que mi intención era otra que nada tiene que ver con hacer preguntas. En esa pose juvenil de dejarme calar me acompañaban algunos de mis amigos. Nos gustaba mojarnos la cabeza, empapar los cuerpos, no pensar en las consecuencias. Éramos críos.

Ayer, por motivos de trabajo, estuve escuchando hablar durante lago rato a dos chicos que no llegaban a los veinte. Tenían buenas cabezas, libros leídos, más viajes que yo a mi edad a sus espaldas y estoy segura de que se dejan mojar cuando cae el agua para celebrar las escasas primaveras de sus carnes. Escuchándolos, recordé los días de Universidad, los que vinieron después, los primeros amores, los primeros trabajos y también los últimos. Subí a casa por la calle Aribau, allí donde viví con mis amigos, miré a los balcones del segundo piso del número 5, quise creer que por ellos salía como salió tantas veces entonces la voz de José Mercé, acompañada de Moraíto, pidiendo aire y propulsada, casi siempre, por Braulio o por mi. Como no la oí, entré en la librería de viejo que hay justo enfrente y no encontré a mi amigo Sergio ni me hizo gracia el mal humor de la dueña. Salí sin nada. Recordé mientras seguía subiendo la calle, que del mismo modo que nunca usaba paraguas, ni reloj, yo jamás salía de una librería con las manos vacías. Ni cuando no me alcanzaba para pagar el alquiler.

“Saber perder es ganar”, narra un fandango. Nada me dice el flamenco de resistir. “Es una forma timorata de perder”, dice la Silvia cruel. “Una forma timorata de ganar, en todo caso”, me digo cuando me quiero.

 

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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