Nominación y calvario

Carlos-Kleiber_iamlosttotheworld_decalycanto Carlos Kleiber durante un ensayo.

 

Casi cada día hay alguien que me cuenta algo interesante. Algo que dispara mi interés, mis ganas de averiguar, de saber. No siempre puedo detenerme a ello. De hecho, sé que voy a morir con miles de notas sobre cuestiones, personas y hechos a los que jamás pude dedicar ni un segundo de mi vida. Tengo la suerte de estar rodeada de gente mucho más lista que yo, gente a la que amo y me ama, gente que alimenta mis ganas de saber a una velocidad a la que yo no puedo corresponder.

Uno de esos voraces intercambios de información me puso ante el documental que narra la vida de Carlos Kleiber, reputadísimo director de orquesta que no tenía su punto fuerte en la técnica ni en la precisión, sino en la pasión y en su intento de comprender la música más allá de la partitura. I am Lost to the World, se llama la cinta que habla de un genio amado y odiado con la misma intensa furia. “Kleiber no sirve para todos los días”, dice uno de sus compañeros de trabajo y remata: “Sería como comer bombones a diario.” De esas cosas sabemos algo en el flamenco, aunque es cierto que el mercado no deja respirar ni a los grandes, que van de aquí para allá sacando la lengua por no decir que no a ninguna oferta de trabajo porque mañana quién sabe. Trabajo y arte, qué mala mezcla.

En la película se ven los esfuerzos de Kleiber por explicar la música a los músicos; su energía desbordante para transmitir que la música es y debe ser también física; que debe tocarnos el alma, pero también los ojos, el pelo, la piel; que debe arrebatarnos la cordura, devolvérnosla maltrecha o quizás fortalecida. Lo que buscó Carlos Kleiber todo el rato que duró su vida era inalcanzable. Era un ideal, la belleza, la verdad, quizás todo junto o quien sabe si quizás finalmente sea todo la misma cosa. Es fascinante ver el denuedo con el que maneja la orquesta, la coreografía que organiza con su propio cuerpo para trasladar a la realidad la lectura silente que él hace de la partitura. Sin descanso. Sabiendo que es imposible. Sabiéndolo perjudicial.

Siento obsesión por los obsesos. Me atraen las cabezas imparables, incapaces de detener su voz interior, esa que les azuza a seguir haciendo aquello aunque les inflija dolor y les arruine la vida. A veces en mi trabajo, me encuentro a alguno y me dedico a observarlos, a explicárselo a otros, a ayudarlos. No a salir de su obsesión, qué tontería. A echarles un cable si por un casual, soy capaz de detectar una pista que alivie o allane su camino a ningún lado. Porque allí es adonde van estos posesos. A ningún sitio. Sé, porque la he sentido decenas de veces, la insoportable impotencia que siente el artista ensimismado. Puedo intuirla y quiero ayudarle. Y ayudar al público a entenderlo. A veces confunden mi intención con una ofensa. Pero ésa es, sin duda, otra cuestión.

Cuando alguien sube al escenario, yo suelo quitarme el sombrero y los prejuicios. Y a veces, hasta me arranco los ojos. Porque es angustioso ver a un hombre o una mujer batirse consigo mismos en busca de algo imposible. Los genios son los que se acercan a ese ideal y nos hacen creer que hay un techo. Pero son esos y no otros los que tienen la certeza de que no hay final, de que la perfección quizás se roce, pero no se atrapa. Lo saben. Saben que todo es camino. Lo que resulta de esos senderos es a veces bellísimo, tanto que a veces justifica una vida de penuria.

He tratado con músicos buenos, mejores y fantásticos. Los malos no existen porque no son músicos. Y todos viven o malviven con el deseo de arañar lo sublime. Algunos parecen llevarlo mejor que otros e incluso hay quien parece vivir en una fiesta y nada sabe de esto que hoy les hablo. Pero no se engañen, habría que ser muy necio para llamarse artista y no saber que esa nominación lleva implícito un calvario. A veces más pequeño, otras inmenso. A veces, cuando hablo con alguno de ellos, no tengo ni que ahondar para atisbarlo. Incluso en aquellos que parecen disfrutar con lo que hacen. Especialmente en aquellos que parecen disfrutar con lo que hacen.

 

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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