Más triste que el gotelé

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Camarón de la Isla visto por Santiago Monforte para la carátula de ‘Calle Real’.

 

La primera vez que oí la letra de este fandango lloré un buen rato. Y no con lagrimilla sosa, controlable y de un ratito: lloré un ratazo. La primera vez que lo oí, la voz de Camarón de la Isla salía de un coche y cinco palabras me dejaron muda: “Adiós, calle del mal pago.”

En ese momento, yo ya vivía en un lugar del que la gente siempre había salido para buscarse la vida y al que yo había llegado procedente de otro al que se iba la gente para intentar encontrarla. Mi camino fue inverso al de la mayoría, era tan obvio y tan extraño, que anduve mucho tiempo convencida de que yo sólo podía avanzar si lo hacía de espaldas. Y aprendí a caminar sin usar los ojos ni las rodillas.

Años después, vi la carátula del disco donde se incluía este fandango. Calle Real se llamaba y, a pesar de vivir tan cerca de gitanos que adoraban al de la Isla por su estética tanto como por su voz, nunca había visto aquella imagen de Camarón. La foto me impactó. En esa portada de Santiago Monforte, José aparece con un sombrero perezoso, un gabán caído sobre los hombros y una sonrisa escurridiza mientras aposta su cuerpo enjuto contra una pared de gotelé.

Pocas cosas hay en estilo más tristes que el gotelé. En mi casa se puso una vez con el fin de arrancar el papel y cambiar de época y siempre lo achaqué a un mal augurio, porque poco después abandonamos aquel habitáculo de ciudad en el que yo era feliz para mudarnos a una casa de pueblo en la que sería feliz de otra manera. El gotelé era la manera asequible y rápida de alejarse del campo pero yo me despedí de aquellos goterones duros y resecos recién adquiridos por mi padre para enfrentarme a la cal, que hierve y dicen que desinfecta.

Siendo ya mayor de edad pero no de espíritu, regresé a la ciudad, donde descubrí que el gotelé ya no se estilaba y nadie consideraba que yo fuera del lugar donde nací. Me lo dejaron tan claro algunos cretinos que, a pesar de mi testarudez y mis ganas de aprender a andar mirando al frente, mis rótulas estuvieron a punto de oxidarse del todo y para siempre.

Recuerdo esto porque el fotógrafo Joan Guerrero ha publicado Milagro en Barcelona, un libro con imágenes de inmigrantes procedentes de países extranjeros y me ha traído a la boca el regusto forastero. Mirándolo, he vuelto a los años en que trabajé en un semanario que se llamaba Sí, se puede y que aspiraba a que los recién llegados dejaran de verse como parásitos. Hablé con cientos de ellos y detecté que todos empleaban muchas fuerzas en no parecer sospechosos. El que viene de fuera es sospechoso, siempre, así funciona desde que el mundo es mundo. Así funciona en mi pueblo y en el tuyo.

Sí, se puede desapareció como revista con los primeros embites de la crisis y ahora es un lema en boca de muchos, extranjeros o no. De tu pueblo y del mío. Porque ahora la sospecha recae sobre todos. “Adiós, calle del mal pago”, dice la letra del fandango alosnero que cantaba Camarón. “Adiós, calle del mal pago”, dan ganas de decir y coger la puerta. La puerta o la frontera. Y convertirse en sospechoso a la antigua usanza, no en tu casa.

“La democracia se va como la luz de repente, sin que nadie lo espere”, dice Javier Pérez Andújar en una página del libro de Joan Guerrero. Y a mi, pensando en todo esto, en todo aquello y en lo que está por venir, no me cuesta barruntar ese apagón, uno en el que los interruptores se atrofian como las rodillas, no sirven para nada y se incrustan en paredes cubiertas de gotelé. Y no es vintage, qué carajo. Es el mismo de siempre, el duro, reseco y triste gotelé haciéndonos creer que vamos hacia algún sitio.

 

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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