Una hebra del allí al ahora

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Tomás de Perrate con Pepe Habichuela en el MACBA el 7/11/2014.

La noche flamenca de Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona fue larga, larguísima, y ofreció un programa largo, larguísimo, que incluyó decenas de nombres y actos tan variados como el público asistente, entre los que se incluyeron algunos representantes de una especie que me intriga: la de los que creen que el flamenco es un gag de Los Morancos. A mi, lo confieso, hay veces que me gusta lo evidente y por eso decidí seguirle la pista al ungüento que hizo posible el ensamble de tantas cosas diversas: Tomás de Perrate.

En aquel entorno, con un público dividido entre aficionados y gente en busca de experiencias, el de Utrera satisfizo a todos: con él no hay que sacarse los ojos de las cuencas para encontrar el flamenco. A él la raíz se le ve a la legua. Tiene tantos apellidos ilustres en su árbol genealógico que los citaría si no fuera porque él se basta y se sobra para explicarse a sí mismo, ya sea explayándose en su gitanería, simulando ser bluesman, convirtiendo su voz en tuba o callando y dejando a su cuerpo expresarse sin necesidad de usar la garganta. Y ahí, en cada cosa que hace y por alejada que esté de lo que hacían sus padres, exuda flamenco.

En un aparte, con voz emocionada y bajita, me dijo que todo era extraño: el lugar, el ambiente, el público, el programa… Pero que él se sentía la mar de cómodo. Lo comprendí al instante, pero quiso explicármelo: “Yo me siento siempre en mitad de un camino: me veo si miro pa’atrás, me veo si miro pa’lante.” Y algo parecido le sucedió en el MACBA, donde inauguró y clausuró el evento, y donde a cada tanto, aparecía su voz, su pie o su estampa como si su labor fuera dotar de un hilo a la noche.

Tomás fue y vino por la capilla del MACBA como si siempre la hubiera habitado; ejecutó la “Jota de las ratas” junto a Caracafé y Juan José Amador; cambió de escenario y de compañero; cantó con Pepe Habichuela; se juntó con Amador Gabarri y se metió En Casa Wittgenstein; fue antiguo, medieval, moderno y post-pop. ¿Quién más se atreve? Pero Tomás es mucho Tomás, y de manera discreta y mezclado con el tumulto, fue pegamento, adhesivo y pez: oscuro, terrenal y futurista, se trajo el pasado en forma de soleá, retó a un saxofón cantando sin micro y demostró que con conocimientos y sin prejuicios, se llega más lejos.

 

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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