Tres persianas bajadas y dos tajos de tijera

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El bar Mauri el 27 octubre de 2014.  

La escena que voy a explicarles pasó en julio y la cuento en octubre porque ahora sé que es muy probable que el lugar donde sucedió no exista más. Ese sitio era un bar deslucido y áspero en el que muchos pasábamos largos ratos cuando éramos más jóvenes y al que volvíamos recordando momentos mejores, suyos y nuestros. Ese lugar es el Mauri, que cerró las puertas en agosto para irse de vacaciones y no ha vuelto a abrirlas. Quiosqueros y vecinos me han contado que la dueña, por diversos motivos, lo ha cerrado para siempre. He tardado mucho en buscar confirmación: hace aún tanta calor que yo pensaba que quizás sus dueños andaban disfrutando de un verano que en agosto no existió.

En ese lugar, en el cruce de las calles Aribau y Provença de Barcelona, pasé yo muchas horas cuando salía de la universidad; allí quedaba cuando quería tener una buena charla entre dos; allí leía sentada ante un café y volví ya más mayor y muchas veces a escuchar entrevistas grabadas, a transcribirlas o a enfocarlas. Otros días, como el que voy a contarles, me limitaba a desayunar y a mirar a la gente pasar a través de sus ventanales, que no es poca cosa si se afila el ojo.

Aquella mañana de julio la empecé por bulerías. Enchufado a los oídos tenía a Luis de la Pica cantando por boca de Marina Heredia. Escuchad esto para comprender de qué manera puede un día gris tornarse rojo:

 

Salí de casa, bajé la calle, me metí en el Mauri, elegí un ventanal y deseé ver llover. Cuando casi no me había acomodado, a través del cristal vi acercarse a un hombre con una mochila a la espalda que se sentó en la terraza. La imagen de un hombre talludo con un macuto sobre el espinazo me entristece hasta la médula. Y esa estampa, unida al quejío de Marina, me enganchó al cristal. El hombre, como si hubiera olido mi tuétano, se zafó de la mochila y sacó de ella un cuaderno, un sobre y unas tijeras.

Con las tijeras cortó el plástico que protegía el cuaderno, que resultó ser un álbum. Del sobre sacó fotos que extendió sobre la mesa. Lo observé impertinentemente porque él estaba fuera y yo dentro, él casi de espaldas y yo en dirección a él, y vi que en algunas instantáneas aparecía una mujer de su edad y en otras, una chica joven. Lo vi acariciar la foto de la señora y ponerla debajo del montón para luego prenderla de nuevo y colocarla encima de todas para rozarla con ternura otra vez.

En un momento dado, se echó para atrás, soltó las fotos, guardó las tijeras y respiró hondo. Pasó una chica guapa y se giró a mirarla. Sonrió por un instante y tomó aire. Pero no tardó ni un minuto en devolver sus ojos a la mesa y a la foto arrullada. Cogió el álbum y metió la estampa de la joven en la primera página y a su lado, otra de dos niños de teta. Pero un instante después, sacó a las criaturas y colocó en su lugar a la señora acariciada. Se echó de nuevo hacia atrás, respiró hondo de nuevo y le dio un sorbo a su café, pero esta vez no pasó ninguna chica que diluyera su angustia.

Por ti, trasnocho y madrugo

por ti, yo me acuesto tarde…

La canción no sonaba hacía rato pero yo la mascaba aún. No parpadeaba para no perder de vista las tijeras y me preguntaba de forma obsesiva para qué se acaricia una foto mientras empezaba a maldecirme por no saber sacarle punta a mis ojos sin dañar sus lacrimales. Lo vi sacar la imagen de la señora y dejarla al otro extremo de la mesa. Dio un trago largo al café y empezó a colocar instantáneas como el que se toma un jarabe repugnante: aguantando la respiración. Cuando tuvo las fotos archivadas y el café bebido, cogió la que le quedaba, sacó las tijeras, ejecutó dos cortes y desguazó el retrato en cuatro trozos.

Por ti yo sería capaz

de volverme loca

y después matarme…

Hecho esto, recuperó la calma y recogió sus cosas: tijeras, álbum, fotos y una mujer hecha pedazos, y las guardó en la mochila. Pidió otro café con leche y al girar su cabeza para atender al enésimo mendigo del Eixample que pide por las terrazas, le vi frotarse los ojos. Yo deseaba ver llover y vi a un hombre llorar. Bueno, creo que lo vi llorar pero no sé si lloraba. Yo sí sé que habría llorado si no hubiera estado rodeada de gente. Por no llorar a tiempo, veo en mis notas que tuve todo el día ganas de vomitar.

Yo no sabía entonces que ése sería mi último desayuno en el Mauri, como no sé ahora hasta cuándo se me vendrá a los labios la letra espeluznante de Luis de la Pica cada vez que pase por esa esquina, sin terraza ya y adornada con tres enormes persianas cerradas.

 

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4 comentarios en “Tres persianas bajadas y dos tajos de tijera

  1. Preciosa reflexión. También aquí, como en disco del maestro Vicente Amigo, se dejan entrever tres notas para decir te quiero, o quizás no.

  2. No lo hubiera imaginado pero tienes razón, Cruz: añoraremos el Mauri. El Ensanche se nos va quedando cada vez más estrecho.

Se permite cantar, se ruega no escupir

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