Doblan por ti

castañuelas2

A estas alturas, una debería intuir que va a perder.

Vago por el centro de la ciudad pensando que esta Barcelona en la que vivo ya no puede sorprenderme. Aún así, insisto, paseo por ella, le pregunto cosas, intento que me conteste, la miro y la vuelvo a interrogar, pues hubo años en que me lo contaba todo con sólo sugerirle una pregunta. Ahora, desde hace un tiempo, cada vez que la inquiero sobre sus cosas, suele devolverme un silencio oxidado. Y sin embargo, insisto. No sé perder.

Subo y luego bajo por la calle del Bisbe donde una turista me da un empujón frontal lo suficientemente fuerte como para tener que llevarme la mano al pecho. Me enfado. Últimamente, cuando piso, hablo o miro a mi ciudad, me pasa a menudo eso de enfadarme. Cuando aún me duelo del encontronazo, veo en el suelo unas mantas en las que contemplo la moda ambulante: castañuelas a tres euros de un material pésimo con lunares dibujados a desgana de colores inventados por un cerebro macabro. Las tocan, sacrílegamente, jóvenes pakistaníes con el dedo corazón.

Ahí empiezo a intuir que esta pérdida será dolorosa.

Miro esos palillos y los reconozco falsos y hay algo, pequeño pero vital, que dentro de mí se duele. Las castañuelas emiten uno de los muchos sonidos que componen mi vida. Mi abuela tenía unas muy viejas de ébano, chiquitas como su mano, que sonaban como un duende zascandileando dentro un tonel. O eso imaginaba yo. Luego aprendí a tocarlas y me gustaba repicarlas monótonamente, buscando en el sinfín de golpes idénticos una pauta, una certeza que la adolescencia, haciendo honor a su esencia, me escatimaba.

Vuelvo a mirar esas castañetas inventadas mientras una mujer joven de aspecto nórdico compra dos pares. Otra que habla español se lleva tres. Me atrevo a preguntarle con interés por qué lo hace. La respuesta es lo de menos. Yo le sonrío, no puedo no hacerlo, pues es absurdo intentar entender a través de una sola boca qué le pasa a una sociedad que precisa una copia tan mala de un objeto tan humilde.

A estas alturas ya he perdido algo.

De pronto, oigo una guitarra. Un hombre joven se ha sentado en un taburete entre la calle del Bisbe y Santa Lucia y está tocando por bulerías, muy suavecito. Alguna gente lo escucha atentamente, otra pasa rápido y le tira una moneda, otros solo sacan la cámara de fotos y disparan. Qué de tiros se oyen en esta ciudad sin héroes. De pronto, veo un par de policías en el horizonte y veo que los hombres que venden las castañetas también los huelen porque empiezan a recoger sin muchos aspavientos y el sonido de sus palillos empieza a apagarse. Uno, sin embargo, sigue dándole al suyo con el dedo corazón de una forma que me resulta a mi un poquito burlona.

Poco a poco pierdo el rastro del sonido o lo confundo, no lo sé bien, con el silencio oxidado de Barcelona. Y se me hiela la sangre porque entiendo de golpe que a la muerte se la oye, jamás se la ve venir. Que son los oídos a los que hay que entrenar para barruntarla. La muerte se anuncia en una llamada de teléfono, en un estertor, en un último suspiro, en un grito de dolor o quizás de auxilio. Todo palabras. Y esa castañuela horrenda ha sido la encargada de comunicarme lo que le pasa a la ciudad que yo amaba. Y digo “amaba” porque a los muertos no se les quiere, sólo y como mucho, se les llora y se les añora.

He perdido, lo sé. Y aún así, sigo sin saber perder.

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2 comentarios en “Doblan por ti

  1. Viví 10 años en Barcelona, donde estudié cine en una época de vaivenes y mezclas, de abundancia en las ideas que retaban cualquier frontera. Y la dejé, la abandoné, cuando vi, como tú, que esa ciudad había muerto, que la habían matado para convertirla en un gran centro comercial -ni siquiera temático- obsesionado con hacer caja. Es triste, pero con tu maravilloso relato que me ha resultado tan familiar, me han venido de nuevo aquellos días brillantes y tristes de Barcelona. Gracias. Saludos!

    1. Tienes toda la razón, Jesús. La última que quieren colarnos son pistas de esquí artificiales en la Zona Franca. Imagina lo que costará mantener a seis grados el suelo el año antero. Snif.

Se permite cantar, se ruega no escupir

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