La punta ínfima de un iceberg

Pencho_Cros_Antonio_Fernandez

Pencho Cros y Antonio Fernández. 

He pasado cuatro días en La Unión que me han cundido como cuatro vidas. He pasado mucho rato con Rafael Manjavacas, director de Deflamenco.com, revista en la que suelo publicar crónicas desde hace ya un tiempo. A su puesto de discos se acercaba gente de todo tipo, sobre todo aficionados que saben un rato de flamenco y que tienen muy claro lo que quieren. A pesar de ello, no ha habido jornada en la que no hayamos hecho broma con la insistente pregunta de muchos clientes que pedían “algo de Pencho Cros.” Rafa repetía una y otra vez que Cros no grabó discos, que en aquellos años en Sevilla se grababa pero en Murcia no y que, aunque hay alguna cosa editada tras su muerte, él no dejó obra grabada.

De vuelta a casa en el tren, retomé un libro que llevé para el camino: Artistas sin obra: I would prefer not to, de Jean-Yves Jouannais [1] y de un salto, se metió en el vagón Pencho Cros para hacerme compañía en mis cuitas sin final.

 

“Lo que se muestra de la cultura de una época es ya el resultado de una selección, elitista, culta, bien pensante, entre las obras que han accedido a una cierta visibilidad. La punta ínfima de un iceberg. Multitud de producciones no salen a la luz. En ese caso, ¿qué decir de las obras no producidas cuya inmensa cantidad las convierte no obstante, en términos estadísticos, en portadores de la única verdad sobre la historia de las mentalidades?” (p. 28)

 

Este párrafo me turba, siendo como soy, hija no tanto de la imprenta como del abuso de la misma, de las librerías y de la cultura del best-seller. A mi aún me quedan retazos de una fiebre adolescente que me afilió al nominalismo y por eso a veces tengo la certeza de que lo que no se nombra, no existe. Y en una cultura eminentemente escrita, lo que no se imprime y se divulga tampoco. Ese principio se ha convertido en locura en la sociedad de la información de la que, porque estudié periodismo, podría decirse que soy seguidora.

Seguir esa corriente implica que además de hacer cosas, hay que publicitarlas. Y esta locura de la que participo tiene modalidades preocupantes, porque hay quien piensa que hay que promocionarlo todo, bien o mal, y hacerlo todo el rato aunque a veces detrás del voceo no haya absolutamente nada. Y por tirar de símil flamenco, que para eso me gusta, es fácil darse cuenta de que el jaleo se ha convertido en un bien en sí mismo. Resumiendo, que parece claro que todos sabemos jalear, pero de cantar, bailar o currar de lleno, mejor ni hablemos.

En este libro Jouannais defiende a esos autores que por militancia, dejadez, pose o cobardía nunca vieron o quisieron publicar su obra. Algunos ni siquiera tenían algo concreto que elaborar pero su aportación, ideas o aliento a otros artistas fueron clave para la historia del arte. Y sí, claro que chocan sus anhelos con los del presente:

 

“El artista moderno, personaje emblemático, creador y siervo de su propio escudo de armas: heraldo de sí mismo en las cruzadas por la posteridad y la historia de su arte.” (p. 67)

 

Esas últimas palabras, “la historia de su arte”, cortan como una charrasca porque describen con tino lo que pasa en nuestro tiempo. No quiere Jouannais elevar a los artistas sin obra por encima de los que la tienen. Él mismo reconoce que el valor de quien se expone hay que elogiarlo y yo lo firmo aunque la apertura de puertas provoque que cualquiera tenga una ocurrencia y destroce un árbol para convertirla en libro.

Vengo de La Unión, concretamente de un concurso en el que la gente se mide y compite consigo misma y contra otros. Ningún certamen está libre de cierta farsa, porque ninguno intenta elegir al mejor y nada más. Nos choca pero en realidad, viene de antiguo, de hecho desde la misma cuna de los concursos. Pero esa es una historia en la que entraré otro día.

Lo que buscan la mayoría de las competiciones es encontrar una estrella, darle alas, ganar dinero y que esa misma estrella rebote su luz al propio certamen: publicidad. Y no tengo nada que alegar si las cosas están claras y hay algo detrás del autobombo. Para mi, ése ha sido el caso de este año en La Unión, donde David Lagos ha sido un ganador bien elegido. Es obvio que David le irá muy bien al festival, que su saber y su poso son una garantía que quizás no daría un concursante menos conocido. Pero también es cierto que el jerezano ha ganado a pulso y que sus credenciales las mostró en su actuación.

Pero no siempre es así, ni en los certámenes ni fuera de ellos. ¿Cuántas editoriales, sellos o museos dan espacio a obras con poco valor pero mucho ruido o personaje? La pregunta me lleva a responder con un título fantaseado y opuesto al que cito hoy y que daría como resultado un tomo gordísimo: Obras sin artista.

Discos y más discos, libros y más libros, cuadros y fotos sin mérito nos rodean y aunque por el jaleo que generan parecen algo, si afinan el oído, el ojo y las meninges, descubrirán que detrás no hay nada, absolutamente nada. Y me entristece, mucho y profundamente, que puedan llegar a constituir parte de esa ínfima punta del iceberg de la que habla Jouannais.

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[1] Cuando preparaba este post, supimos que había muerto Jaume Vallcorba, editor de Acantilado, sello que editó el libro que de Jouannais que cito en este texto. Siempre he disfrutado mucho con sus ediciones, con sus elecciones y con su buen gusto. Él sería un ejemplo clarísimo de lo que quiero transmitir aquí: no elegía a los escritores por su cara, ni porque estuvieran de moda ni porque tuvieran muchos seguidores en las redes. Sus libros siempre me han causado gozo y por eso le doy las gracias y deseo con ahínco que su criterio y su buen juicio tengan continuidad.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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