Tres pasos adelante y dos atrás

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La estación de Murcia a las 19.02 el 14 de agosto de 2014.

Hace poco viajé a despedirme de mi abuela Concha y camino de Córdoba en el AVE, entendí que ese tren veloz más que acortar distancias, sirve para maquillar orígenes. En poco más de cuatro horas me desplacé de una punta de España a la otra y confirmé, sospecha ni propia ni nueva, que el tiempo en realidad siempre es espacio. Ha venido ese chispazo a mi cabeza porque voy camino de Cartagena para asistir al concurso del Festival del Cante de las Minas de La Unión en un tren que va a tardar ocho horas en hacer un trayecto mucho más corto. Qué país tan dispar. Tanto como mis abuelas, a pesar de haber nacido en la misma época y en lugares nada distantes.

Mi abuela Consuelo, a la que le gustaba usar su segundo nombre, Marina, era murciana. Murciana, morena y bajita. Y acumulaba risa en la cintura, de avispa siempre, a pesar de sus seis partos y sus cuatro hijos. Llegó con seis o siete años a Barcelona y mientras traquetea el tren, pienso en cómo sería aquel trayecto que hicieron sus padres para abandonar Lorca. Explicaba el catedrático de Geografía J. Vila Valentí en su trabajo titulado “La aportación murciana al crecimiento poblacional de Barcelona” que muchos se vinieron porque en el campo faltaba agua, y porque a pesar de la mortalidad, las tasas de natalidad eran muy elevadas y había muchas bocas que alimentar. Pero una cosa es pensar en marcharse y la otra hacerlo, y aseguraba el geógrafo que en aquel momento la imagen de Barcelona tuvo mucho peso a la hora de elegirla como destino en lugar de optar por otras ciudades más cercanas:

“En la región murciana llegó a existir el ‘mito Barcelona’ como emporio de bienestar y riqueza, con unas actividades que permitían sueldos relativamente altos, estables y de fácil obtención. El mito, además, llega en estos decenios a los pueblos rurales, incluso a algunos hasta ahora herméticamente cerrados en sí mismo, gracias a los caminos carreteros. No olvidemos que la carretera y el automóvil, mucho más que el ferrocarril, que sólo influye directamente en los jalones de su trazado, han abierto nuestros pueblos al mundo exterior. Y esta apertura se efectuó, en numerosos sectores rurales murcianos, bajo la fama, casi mítica, de la capital catalana.”

Yo no puedo imaginar qué imagen mitológica se habían construido mis bisabuelos como para irse a aumentar el 13,4% de murcianos que había en la capital catalana en los primeros años 30, época en la que Marina llegó a Barcelona y se volvió catalana. El porcentaje es muy elevado. Sólo hay que comparar el dato con otro actual para hacerse una idea: el censo barcelonés con fecha de enero de 2014 indica que hay un 16,7% de población extranjera en Barcelona contando todas las nacionalidades.

El recuerdo de mi abuela y de su historia, como la de mi padre y otros miembros de mi familia, siempre lo tuve presente los tres años que trabajé cubriendo exclusivamente temas de inmigración. Tres años en los que oí salvajadas de todo tipo, también por parte de los inmigrantes, grupo en el que descubrí que siempre hay un grupúsculo dispuesto a aprovecharse de los que llegaron después que ellos. Pero las mayores sandeces las oí de las autoridades, gentes con formación, con una responsabilidad pública y la barriga suficientemente llena como para no poder justificar válidamente frases ni hechos mezquinos.

Desde el concejal que me dijo que él no era racista porque le gustaba mucho Zidane, hasta el que prefería a los africanos antes que los andaluces porque eran “más propensos a aprender catalán” y no tenían ese empeño “idiota” en celebrar su feria de abril a toda costa, y pasando por aquélla que me dijo que las extranjeras contribuían rebajar nuestras cotas de feminismo, tuve que escuchar muchas tonterías que no siempre tenían cabida en las piezas que escribía. Ninguno pensó jamás cuando me hablaba “en confianza” que podían insultarme. A ninguno le tembló el labio porque daban por sentado que yo estaba de su parte. No se pararon jamás a pensar de dónde venía yo, qué comía, quién me había parido o con quién me juntaba.

Les conté en el post anterior que voy viajando en busca de agua y hoy, a pesar de ir en tren y camino de un lugar concreto, me he quedado enganchada en un recuerdo repleto de rastrojos. Creo que ha sido porque al llegar a Valencia el convoy se ha parado, ha echado a andar de nuevo y lo ha hecho marcha atrás. Ha vuelto a suceder lo mismo al llegar a la estación de San Gabriel. Y mientras acabo este post y tomo una foto, nos hemos puesto en marcha otra vez de espaldas.

Tres pasos adelante y dos atrás. Tres adelante y dos atrás. Este es el compás que lleva el tren. ¿Les suena?

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2 comentarios en “Tres pasos adelante y dos atrás

  1. Ayyy, Silvia, cómo escribes, qué envidia me das, y has revuelto mis recuerdos, mi familia también es murciana y sé de lo que hablas.

    1. Gracias, evayjuan, me alegro de que te guste y sobre todo, de revolver recuerdos. Aunque a veces no lo parezca, ¡suele ser curativo! Un abrazo y muchas gracias por tomarte la molestia de leer un ratito este blog.

Se permite cantar, se ruega no escupir

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