El flamenco como llave

He iniciado un viaje. En realidad, lo empecé hace unos meses, pero no me di cuenta. Son cosas que pasan, que una echa a andar como pestañea, un día se detiene un poco, mira atrás y ve una senda.

En ese camino incipiente veo que algunos que me conocen se sorprenden de que me guste el flamenco y escriba (lo que puedo, sé y aprendo) sobre él. Y me pasa como con la nueva vereda de la que les hablo pero al revés: miro atrás y no los hallo. Por otra parte están los amigos que no solo saben sino que recuerdan cosas que yo olvidé. Como las noches en torno a una escultura dedicada al molino de aceitunas de tres rulos en las que una amiga-hermana solía arrancarse a cantar con un grupo de gitanos que solo trataban con payas cuando caía la noche.

La escultura aceitunera, ahora lo recuerdo, no era tal. Era un molino corriente y moliente puesto en una plaza para recordarnos quiénes éramos. La confusión es normal: procedo de un secadal y las alegorías precisan humedad para emerger. Yo creo que por eso me gusta el flamenco, porque me regaló metáforas y otros adobos cuando crecía. De ahí que a veces yo convierta un molino en una escultura o le eche agua a otros recuerdos. Y digo agua por no decir poesía.

Y es de ese mismo líquido, hoy lo confieso, del que tengo que recubrir a veces a una que me acompaña desde antiguo. Paso a presentarla.

Siempre he sentido que había otra Silvia mirando a esta que escribe. La recuerdo desde que escupí la primera palabra de mi vida. Es una ventaja en ciertos casos: me impide ser adicta a nada, me obliga a ver siempre otras caras de las cosas y las personas y me frena en algunos momentos de impulsividad que no me convienen. Es también una terrible compañera pues hay días en que dos versiones de los hechos no le bastan; tiene momentos tozudos en los que no se cree lo que mi piel le cuenta; y noches en las que me impide el sueño por intentar aclarar asuntos que quedan muy lejos de su capacidad. Me agota y aunque a veces me salva, otras muchas amarga mi existencia hasta convertirme en piedra.

Pero fue ella y no yo la que un día, mientras hablaba con alguien, me reventó la sien izquierda con una frase: “¿Cuándo se volvió todo tan literal?” Yo seguía hablando con mi interlocutora pero la otra Silvia iba martilleando mis meninges con esa impertinente pregunta: “¿Cuándo se volvió todo tan literal”?

Me ha costado hacer la digestión de esa oración pero al final, he visto claro que todo alrededor muestra síntomas de deshidratación. Y si no hay humedad, no hay adjetivo. Y si no hay adjetivo, la etiqueta toma el reino. Y la etiqueta es literal, unidireccional y árida. Y además, se propaga como un rumor.

En este país se han ido destruyendo los vergeles y crear una metáfora cuesta muchísimo, lo que pone el escenario muy flamenco, no lo niego, pero a qué precio. Por todo esto y mucho más voy a darme una vuelta por este país extraño en busca de agua. La intención es ir de festival en festival, de cante en cante, para contarles las cosas que pasan en una tierra que corre el riesgo de resecarse entera. Y hacerlo en clave flamenca, claro, porque el flamenco para mi siempre fue llave.

Y a la otra Silvia, si en algún momento he pretendido callarla, hoy la invoco. Sé de todos modos que no anda lejos: al girarme otra vez para observar la vía que nace, contemplo que a ratos se alternan y a ratos se solapan sus pisadas y las mías.

Este viaje ya ha empezado: lo hizo sin darme cuenta el misma día en que parí este blog.

 

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3 comentarios en “El flamenco como llave

Se permite cantar, se ruega no escupir

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