El triunfo de los secundarios

image__anapalma_3435_4980976121050272991Eva yerbabuena por Ana Palma para Deflamenco.com.

Las fechas del festival Ciutat Flamenco celebrado en Barcelona le pusieron la papeleta muy complicada a la organización: final de Champions el sábado y elecciones el domingo, que tal y como está el patio empiezan a ser cosas muy parecidas aunque el público sea diverso. Algo similar le sucedió al evento, que contó con asistentes de lo más variado que unas veces aplaudieron lo que pudieron y otras, lo que quisieron.

El arranque con el “Ay” de Eva Yerbabuena se prometía feliz, pues las cosas que sabe hacer la granaína caben bien en el gusto del público barcelonés, muy abierto a las nuevas propuestas. Eva concatenó, pero no casó, lo contemporáneo con lo de siempre y el resultado fue una composición de piezas aisladas que, a falta de calor, pedía a gritos una explicación. La fuerza de pies y piernas, la técnica prodigiosa y la estampa poderosa de Eva no suplieron las carencias comunicativas de una función que se quedó en monólogo interior. El público aplaudió a rabiar sus buenas dotes, que acaban de premiar los Max dándole el galardón a la mejor intérprete de danza, y la ovación fue de escándalo aunque el verdadero ardor de este espectáculo se concentró en José Valencia, que cantó como si fuera la última vez de su vida convirtiéndose en el primer secundario del festival en arrebatarle el espacio a la estrella que acompañaba.

El segundo caso sucedió en “Mi voz en tu palabra”, el espectáculo que Esperanza Fernández le ha dedicado a los versos de José Saramago. La reacción del público no fue tan cálida como la que recibió Yerbabuena, y se mostró frío ante una Esperanza que cantó muy bien pero que trajo un show al que le faltó condimento flamenco, rabia, fuego. Esos ingredientes los puso Pastora Galván, que la acompañó con un par de bailes, y gracias a la exquisita ordinariez con la que se mueve y de la que ha hecho sello, se metió al respetable en el bolsillo. Pastora le quitó el protagonismo a Esperanza y lo compartió con Miguel Ángel Cortés, que a estas alturas no toca la guitarra, la posee. El solo que ejecutó mientras Esperanza se cambiaba de ropa consiguió levantar del asiento a un público que en la noche del viernes llegó a parecer inexistente.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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