Supurar con calma

Cuando escribo sobre flamenco, no me olvido de dónde vengo. Cuando trazo líneas, busco palabras, defino estados de ánimo, siempre hay un agua subterránea que adorna con su runrún todo lo que esbozo. Nunca lo digo explícitamente porque no hace falta y porque opino que de la pobreza hacen (solo) poesía los que no la olieron. Un día, hablando de conejeras y de amores confesables, tuve una fuga. El agua cavernosa se me escapó y destapó las raíces.

Cuando escribo sobre flamenco siempre se me aparece mi abuela haciendo vainica, enseñándome a fruncir, a forrar, a ‘hilillar’ pero no a bordar. “Eso es muy duro, chiquita, lo demás es útil”. Así expresaba su esperanza de que yo no tuviera que bregar tanto como ella para salir adelante. La recuerdo cuando aún tenía los ojos frescos y no secos y ciegos de tanto coser para mantener con dignidad su viudedad adquirida a los 25 años y embarazada. Mientras cosíamos, me contaba historias de hacía tiempo sobre jornadas en el campo y cotilleos de las señoras a las que les cosía vestidos copiados de revistas de moda que preferían encargárselos a ella porque les salía más barato. También me explicaba cosas del pueblo y de sus experiencias durante la guerra y después de ella.

A pesar de su vida difícil, pocas veces la he visto reaccionar violentamente. La primera fue un día que salía yo de una escuela de verano ilegal e improvisada a la que me apuntó porque me aburría y para que me relacionara con otros críos. La llevaban las hijas de una vecina, que así se sacaban un sobresueldo en los meses de vacaciones. La casa era preciosa y las clases se hacían en un gran comedor que daba a un patio lleno de macetas verdes, rojas y azules colgadas de paredes encaladas de un blanco luminoso. Un día, al salir de clase, llegué a casa y me puse a jugar con el largo pelo de mi bisabuela, algo que su hija, mi abuela, no aprobaba porque le costaba una vida hacerle el moño cada mañana. Allí de pie, tocando la larga cola de caballo blanca de la madre de mi abuela empecé a cantarle la canción que me habían enseñado esa mañana en las clases de verano:

 

“Cara al sol con la camisa nueva…”

 

Empecé con ganas y se me esfumaron rápidamente. Mi abuela tiró la tela sobre la que daba puntadas al cesto de costura, me ordenó callar con un grito seco y autoritario y salió disparada de casa. Mi bisabuela no sabía si reír o llorar y como pudo me informó de que ésas eran “cosas políticas” pero yo tenía seis años y no entendía lo que acababa de ocurrir. Mi abuela volvió rápido, con la cara enrojecida y me dijo que no volvería a las clases. “Menuda ‘ajquerosa’ ella y sus hijas”, fue lo único que recuerdo que añadió a una conversación que nunca tuvo una segunda parte larga y tendida.

No sé qué pasó en aquella visita de mi abuela a la casa donde recibía mi lecciones estivales. Pasados unos años, le pregunté pero solo me dijo que ella y la señora de la casa habían tenido unas palabras. “Le puse los puntos sobre las íes, por fin”, me dijo, e intuí que la intención de la señora de grabar aquella canción en mi sesera era el límite que mi abuela estaba dispuesta soportar sin embestir como una fiera.

En las palabras de mi abuela, en sus historias, en sus anécdotas, en su narración de la miseria pasada, de las dificultades superadas, jamás noté odio, ni violencia y supongo que por eso, jamás lo sentí yo tampoco. No he conocido el resentimiento, ni el desprecio por aquellos que vivían mejor que yo, pero a fuerza de saber y conocer sí he experimentado la necesidad de contestar violentamente, responder con virulencia, dar un porrazo, embestir o propinar una patada. Casi nunca lo he llevado a cabo y la mayoría de las veces he optado por víctimas-sucedáneo como el aire, la almohada, un objeto que se interponga en mi camino o la mesa sobre la que no bordo pero sí trabajo más duro de lo que mi abuela pueda imaginar.

No se me olvida nada de esto cuando veo, escucho o escribo sobre flamenco porque no es una expresión que me sugiera resignación, ni sometimiento, ni resistencia. Cada vez tengo más claro que un taconeo puede servir para no clavarle el tacón en un ojo a un ser inhumano y un cante por soleá puede ser el mejor sustituto para no asestarle un arañazo a un abusón incorregible. Nos enseñan a no estallar, a pasar la mayoría de fechorías que presenciamos por el filtro de la razón y la educación, a ampliar los territorios de lo permisible para sobrevivir y seguir adelante. Pero, ¿y si el que abusa es poderoso y desdeña los límites?

Aquella tarde mi abuela se dispuso a enseñarme coplillas después de la siesta intentando, quizás, que olvidara la canción de la mañana. Aquello no ocurrió, pero tampoco olvidé ninguna de las letras que me enseñó ella, ni su cara de alivio tras descartar los sucedáneos. Una tirita sirve para una herida chiquita, a una llaga inflamada por dedos reincidentes no se le puede pedir que supure con calma.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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