Una aurícula de luto y un querer octosílabo

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Félix Grande.

A veces tenemos quereres que no se comprenden. Te quieres porque sí, porque pasa y sucede y se mantiene. Suelen ser amores pegados al hueso, de ésos que una piensa que nació con ellos. Incrustados, adheridos, enganchados al poro y al sudor, al día a día. Se ha muerto Félix Grande y he llorado. Este año pensaba atreverme a decirle que lo quería y a enseñarle este blog, del que fue en parte responsable sin saberlo.

Su muerte me recuerda que nací con el flamenco pegado a la oreja. Que muchos de mis recuerdos están acompañados de una bulería, un tiento o una saeta. Este blog nació por eso, por una saeta, por Félix Grande, por el flamenco y mis quereres. Entre ellos está mi amiga Raquel. Raquel Zamora Cortés, cuyo nombre completo suma un octosílabo y que consiguió ser el verso suelto, la excepción, el oasis en medio de un lugar muy parecido a la nada.

Muere Félix y yo recuerdo porque escribo, porque analizo, porque miro y oigo el flamenco con ganas de atragantarme. Y recuerdo a Raquel, las calles por las que paseábamos y que ella todavía pisa y yo solo frecuento muy de vez en cuando. La última vez que lo hice, muy de mañana, fui sola al cruce de caminos en el que una vez alguien cantó una saeta como las locas y allí sentí el último empujón de una mano invisible que me llevó a crear “De cal y canto”. Llegué allí y lloré. De haber estado un poco menos cuerda, habría gritado. Pero lloré porque el grito es hijo del desamparo, ya lo decía Felix, y yo, yo estoy cubierta de amor.

Ese amor me lo trae a la piel los ojos de mi querida Raquel cada vez que la veo, tan de tarde en tarde. Hoy, para calmar mi pena desde la distancia, me ha dicho que ha vuelto a la estrecha calle en la que nos conocimos las dos. Hay amores sin cama que pocos entienden, amores de hembras que se reconocen, se alían, se unen y retan al caos. Las palabras de Raquel me han recordado aquellos momentos, su bondad infinita y su afecto sin mácula. Me han traído a las manos el calor de su madre que la parió con ganas y que encierra en su pupila azul una sabiduría a la que pocos acceden. Son mi madre y mi hermana elegidas.

Un día me las encontré en una vereda y todas supimos que aquello era importante. He sentido con ellas el calor del hogar sin estar en mi casa; la confianza impagable de llorar sin consuelo; de decir lo que pienso sin temor al desastre; he vivido con ellas tres amargos momentos; he reído con ansías y he vuelto a llorar discreta. Comparto con ellas una vida secreta, un agua que recorre un cauce invisible, algo que nos une más allá de este tiempo. Insisto: son mi madre y mi hermana elegidas.

Félix se ha ido y quedamos los demás en este incierto paraje. Él nos dejó el legado del grito y la obligación de amar con pasión. Yo tengo hoy una aurícula vestida de luto, sí, pero Félix Grande siempre me llevó a lugares hermosos con sus palabras y ese lugar hoy tiene un ritmo octosilábico y unos ojos de mujer total.

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Un comentario en “Una aurícula de luto y un querer octosílabo

Se permite cantar, se ruega no escupir

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