Nostalgia del sombrero

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enrique-morente Enrique Morente.

Este post lo ha provocado el regreso a mis ojos de una frase acuñada apropiada con ahínco* por mi querido Sergio González Ausina: “la nostalgia del sombrero”, palabras que me ha devuelto otro del club de mis adorados, Braulio García Jaén. Siempre entendí, quizás erróneamente, que esa nostalgia era algo así como echar de menos cosas e instantes que nunca te sucedieron y aún así te hacen brotar penas tristes y espesas como gachas de noviembre. El empujón hacia el teclado me lo dio Enrique Morente, de quien se van a cumplir tres años de su muerte, y de quien he estado escuchando sin cesar durante unos días su Vidalita de Marchena.

No podéis seguir leyendo esto sin saber de qué os hablo. Dadle al play y permitid que sangre el lagrimal:

Yo escucho esto y siento nostalgia del sombrero. Jamás apliqué un triste estilo de amor, como dice la letra, siempre amé con alegría o con furia, jamás con tristeza. Y si me hicieron daño o me convirtieron en gachas de noviembre, se me olvidó o me importó un bledo. Pero hay algo en esas letras, que me visten de maltrecho corazón herido y me hacen llorar.

Yo tengo solo 35 años y sin embargo, crecí en un tiempo (¿o era un lugar?) en el que los críos conocíamos el nauseabundo hedor de las conejeras aunque no tuviéramos una en casa. También toqué aceitunas y las recogí del suelo y entendí lo que debieron sentir cada uno de sus días mis bisabuelos, con la cabezonería de intentar rebatir el dicho que tanto repite mi abuela Concha: “Nadie escarmienta en cabeza ajena”. Y creo que lo conseguí porque después de conocer aquello, estudié como una fiera para no tener que doblar el lomo en busca de frutos que en otras casas se servían cómodamente desde una lata.

Creo que cosas como ésa me hacen sentirme tan cerca de un artista al que adoré desde niña. Jamás hablé con él, no me dio tiempo. Nunca fue mío de ninguna manera. Solo me perteneció en los instantes en los que me cobijé en su voz de pura tierra. Lorca no sabe cuánto daño hizo a mi verde sesera, pues de alguna forma siempre lo he culpado de esa idea mía de que el dolor se calma con otro más fuerte. Y que a la sequía, cosa que ocurría en mi niñez cada verano, no la apaciguaba el agua sino la voz de Morente, una voz de tierra adentro, como hecha de greda purificante y prodigiosa.

No hay nada hermoso en la hediondez de las conejeras. Ni siquiera encuentro nada bello en los conejos, ni en sus crías. Veo que los niños de ahora (¿o de aquí?) los tienen como mascotas y recuerdo que yo viví en una casa donde se mataban para comer, de un golpe seco en la nuca, y nunca me sentí culpable de haberlo hecho. A algunos les hace gracia esta faceta mía tan bárbara. Yo no se la encuentro. Otros creen que soy un conglomerado de carne con ojos y sin conciencia. Eso sí me provoca cierta risa. Es cierto que podíamos comer cardos y patatas y regarlos con aceite para abstenernos de matar bichos, pero ése era un tipo de cosa que no se contemplaba donde (¿o debería decir cuando?) yo crecí. Allí las mascotas eran de trapo y los guisos se hacían con cuerpos recién sacrificados.

Y sin embargo, habiendo estado tan cerca de todo eso, habiéndolo tocado, olido y matado, lo siento mucho más lejano que la voz de Enrique, que su ser, que su vida, que todo lo que hizo, que me provoca una añoranza infinita, porque por su boca yo sentí que hablaba mi alma en muchas ocasiones. A veces es más significativo lo que nunca ocurrió que lo que nos ha herido, tocado o asfixiado. Porque esa nostalgia del sombrero, no tengo duda, es a veces, muchas veces, más real que la propia vida.

* De tanto oírla entre el círculo de mis adorados llegué a creer que era suya. El siempre preciso, honesto y hermoso Braulio García Jaén me ha hecho saber que el origen era de otro hombre con el que otras veces nos ha gustado confundirnos: Félix de Azúa. Y la frase salió de aquí.

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4 comentarios en “Nostalgia del sombrero

Se permite cantar, se ruega no escupir

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