Tres abismos

En una sola noche, se abrió el suelo tres veces. En la noche anterior a la noche de muertos, vi un agujero enorme abrirse en el suelo de un teatro. Fueron tres avisos, tres. Fue el 30 de octubre, en el homenaje a Carmen Amaya del Teatre Nacional de Catalunya. Las responsables, tres magas. Y entre las tres, bien podrían retratar las edades de una humanidad alternativa que tendría mucho más sentido que ésta en la que vivimos.

 

Abismo número 1: Rocío Molina

¿De qué está hecho un cuerpo que se cimbra de esa forma? Cada vez que la veo, pienso en Dalí. Le habría encantado ver la manera en que se derrite, el modo en que mueve sus brazos como si éstos fueran a desaparecer. Rocío mueve el cuerpo a cámara lenta mientras su cabeza va a la velocidad del rayo inventando el siguiente movimiento. Se puede oír cómo piensa, se puede oler como crea. Rocío tiene una juventud añeja y siempre anuncia una muerte: la de cada movimiento que ella inventa y que nadie más puede hacer sin recordar su firma. Nadie que no haya vivido mil veces antes puede hacer lo que ella hace. Ella revienta el espacio. ¡Qué poco necesita el talento para mostrarse! Unas piernas rotundas, unos brazos que marquen las horas y una cabeza explosiva. Poco más. Y qué poco abunda. Rocío es tan contemporánea que duele: duele porque te hace ver la diferencia entre ella y los demás, una distancia que tiene el tamaño de un abismo.

 

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Rocío Molina. Foto: David Ruano/TNC

 

Abismo número 2: Mayte Martín

Elogiaré cada día de mi vida a las personas que se complican la vida. Es el caso de Mayte Martín que, con su “Breve suite para Carmen”, podría haber cantado unos temas bonitos con su hermosa voz y haberse quedado tan ancha. Pero Mayte siempre decide estrecharse, ponérselo difícil a ella misma y hacer del camino que parecía amable un recorrido complicado. A Mayte le dedicaría un verso profanado: se hace camino al cantar. Porque ella abre las sendas, las ensancha y las ilumina cada vez que abre la boca y detiene el tiempo al pararse en cada nota como si no fuera a volver nunca de ellas. Si Rocío controla el espacio, Mayte es dueña del tiempo. ¿Hay algo más maravilloso que ver cien veces a una artista y que cada vez parezca otra? Distinta a ella misma, distinta a todos. Entre ella y los demás, encontré el segundo abismo.

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 Mayte Martín y Juan Ramón Caro. Foto: David Ruano/TNC

 

Abismo número 3:  La Chana

Apareció en la inauguración casi por sorpresa y aseguró que temblaba. Yo no quise creerla del todo porque si alguien tiene tablas es esa hembra. Agradeció, saludó, dirigió a los chicos que la jaleaban en el escenario y bailó sentada. Remató su actuación con un baile de pies, marcando cada punta y cada tacón como si estuviera marcando los últimos segundos de vida de un condenado a muerte. La Chana dio una clase magistral en pocos minutos y sus movimientos, cada vez más espaciados, se acompañaron de unos brazos reposados que subían hacían su cabeza con absoluta templanza. La Chana marcó punta y tacón hasta que sus pies se callaron dejando en el aire una sucesión de sílabas tónicas que parecían decir: ¿qué-quedará-de-vosotros-con-el-paso-de-los-años? Lanzó la pregunta al aire sin formularla, la lanzó a los artistas que un día tendrán 80 años y no podrán saltar y que siendo jóvenes no se dieron cuenta de que el baile es cuerpo, sí, pero cuerpo entero, no sólo cuádriceps. Siendo la más veterana, La Chana dio paso a las lágrimas de los presentes que llenaron el tercer abismo de la noche: el del futuro. Un charco en el que deberíamos mirarnos todos los no-viejos y reflexionar.

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2 comentarios en “Tres abismos

Se permite cantar, se ruega no escupir

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