El alarido del hombre-enigma

EL_SALAO_TOTS_SANTS_FLAMENCO

José Antonio Martín, El Salao.

A veces, suceden cosas maravillosas y no hay nadie para contarlas. Otras, no pasa absolutamente nada y algún fraguador de historias saca una de la nada y nos empuja a creer que vale la pena vivir para leer, escuchar, cantar o recitar cosas hermosas. Cualquier historia bien contada vale por una lección de vida. Y la que van a ver a continuación es tan precisa e inmensa que la creo capaz de cambiar rumbos. Ninguna vida por plena que fuera podría equiparar su valor explicativo al de un buen relato. Cualquier vida es demasiado larga para ser perfecta.

Antes de enseñarles este cuento existencial, he querido verlo y escucharlo muchas veces. He querido tener la certeza de que es algo importante. Y con ese convencimiento en la yema de mis dedos, les escribo y les pido que se tomen siete minutos y vean el vídeo que me obsesiona y que ha completado una máxima que alguien que amaba daba por buena: “Solo hay dos maneras de hacer las cosas: bien y perfectas”.  Pues miren una forma de hacerlas redondas.

Este vídeo forma parte de un proyecto que empezó con buenas intenciones y que se ha está convirtiendo en algo hermoso y vital. “Tots Sants” se llama el invento en el que graban a artistas en una La Casa Murada de Banyeres del Penedès cantando lo que se les antoja, como les apetece y procurando siempre que estén lo más a gusto posible. La idea en sí ya es bonita, lo que luego hacen dentro, es para enloquecer. Y lo que han hecho con El Salao es para arrancarse la piel a tiras.

Entre unas paredes de piedra canta José Antonio Martín. Canta o llora, no sabría qué decirles. Jaco Abel, con la guitarra eléctrica y flamenca acurrucada entre sus brazos, lo observa, lo protege, lo cubre con sus ojos. Suena la música y el silencio que practica el resto da ganas de llorar. La vida, queridos, debería ser eso: un humano luchando por expresarse rodeado de seres que lo arropan y protegen; un silencio elocuente, un respeto infinito, un gemido de dolor que solo puede calmar el canto y al lado, en el siguiente círculo de protección, otro grupo de humanos velando para que el que canta y lucha por expresarse, se agrande y se expanda, se haga gigante.

El Salao afina la garganta. Ayea. Ayea. Ayea. Y detrás se ve su sombra, que parece enganchada a su carne. Es la imagen perfecta para describir a un hombre-enigma. Porque, ¿alguien sabría decirme dónde empieza este ser humano? ¿Dónde termina?

Pero no puedo detenerme en estas cuitas porque se arranca Jaco Abel y una entiende que la cosa se va a poner importante. ¿Se puede tocar con los ojos? ¿Es posible sentirse rozado por una pupila?  Fijen las suyas en Jaco y tendrán la respuesta. Pero tampoco en este pensamiento puedo pararme porque de repente sucede algo que me devuelve al relato. El Salao mira un instante a cámara y su mirada, seca y glacial, revela que no hay nada ahí que le interese. Por eso vuelve a Jaco, a sus dedos que a esas alturas ya echan fuego, y entonces El Salao sonríe. El hombre-enigma sonríe y ahí, les juro, se crea un abismo. Porque el hombre-enigma sonríe, pero no su sombra. Su sombra tiembla.

Al final de esta seguiriya sideral, José Antonio, tan parco en casi todo, se atreve a reír y tengo la impresión de que sus carcajadas querrían ser llanto.  Como él no lo hace, llora su sombra.  Si miran solo el espectro que se le pega a la espalda, verán que el cante no ha terminado, verán que ese doble oscuro que se adhiere a El Salao sigue ayeando. Qué virguería.

De golpe y sin esperarlo, El Salao deja de reír. Mira hacia abajo, se observa las manos, piensa en voz muda y ahí el relato empieza a fundirse con la vida y temblamos todos. Cuando parece que vaya a romper a llorar, el hombre-enigma cambia el rumbo del relato dándole un giro que ni el mejor de los guionistas podría improvisar: se vuelve y mira a su sombra. Fundido a negro, final.

Esta historia dirigida y protegida por los chicos de “Tots Sants” y protagonizada por unos músicos ebrios de vida es el mejor ejemplo de vida que puede darse hoy en día en el Reino de la Chapuza. La vida es frágil, sí, y nosotros más. Ninguna vida es suficientemente corta y buena para servirnos de guía. Por suerte, hay cosas, cantes, detalles e historias que hacen esa función. Este vídeo es una de ellas.

Gracias a todos y cada uno de los que construisteis este cuento de siete minutos cantando, grabando, tocando o callando; gracias a todos los que pusisteis sonido o silencio para convertir en relato el terrible alarido del hombre-enigma.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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