De carne, huesos y culpas

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David Lagos.

A veces, cuando disfruto, siento culpa. A veces, cuando el mundo se contrae, sufre y se desangra, es fácil llegar a convencerse de que no procede el placer. Porque donde digo mundo, digo hombre, digo mujer, digo humano. Ayer no fue un día fácil, como muchos de los últimos días. ¡Qué carajo van a ser fáciles! Pero anoche, durante un rato breve, hermoso, aislado del mundo, del ruido y del miedo, cantó un hombre risueño de voz compungida que me hizo sentir ese tipo de culpa.

Su nombre es David Lagos y confieso que mi pecado es doble porque Alfredo, su hermano, le acompañó a la guitarra en El Dorado. Creo que es una de las veces que más he disfrutado viendo a un guitarrista. Y digo viendo, sí, porque aunque el sonido que sale de sus dedos es absolutamente limpio y delicioso, el toque de Alfredo Lagos también supone, exige mirar. Porque él no manda la información de su cabeza a su mano: Alfredo tiene vía directa con sus dedos, las órdenes llegan sin pasar por ningún nervio, como si no le hicieran falta sinapsis, ni órganos, ni tan siquiera brazo. Él piensa el sonido y sus manos le obedecen. Es hipnótico observar sus dedos, sus movimientos, uno por uno, su forma de coger la guitarra, en un acto que parece danza, pura danza ritual, un acto de amor fecundo. Me regodeé en esos detalles tanto como quise, paré el reloj y me sentí culpable.

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Alfredo Lagos.

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La culpa, tremenda culpa, también llegó cuando David se lanzó por alegrías y parecía, por su guasa y su sal, que íbamos a bailar. No sucedió. David, aunque estaba en lo mejor del concierto, calentito, casi hirviendo, decidió bajar, irse a ras del subsuelo y cantar unas alegrías con alma de nana. La letra era un homenaje a Chano Lobato, pero David convirtió el vendaval que se le supone al palo en una tierna brisa y demostró, en lo que me pareció un susurro electrizante, que a veces bajando el tono, controlándose, conteniéndose, uno puede tener tanta razón como el que grita. Después David se explayó, se tiró a las bulerías, cantó fandangos… elevando la voz y derrochando un poco, que ya está todo muy rácano como para escatimar también en el escenario. Me emocionó, me sentí afortunada, ufana, culpable otra vez.

Alfredo hizo toda su actuación formal y serio. Solo al final le dedicó a su hermano un tercio de sonrisa. David, por su parte, sonrió con la boca amplia, rio e incluso bailó un poquito. Qué forma tan distinta de afrontar lo mismo y qué buen resultado en ambos casos, qué distintos en la carne y qué iguales en el hueso, qué poderío el que hizo que la culpa, lo confieso, se fuera convirtiendo en palabra nada más dejar atrás la puerta de El Dorado.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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