El milagro en una acera

 

 

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A veces va una por la calle, triste,

Pidiendo que el canario no se muera

Y apenas se da cuenta de que existen

Un semáforo, el pan, la primavera.

 

A veces va una por la calle, sola,

-ay, no queriendo averiguar si espera-

Y el ruido de algún rostro que se inmola

Nos pone a sollozar de otra manera.

 

A veces por la calle, entretenida,

Va una sin permiso de la vida,

Con un hambre de todo casi fiera.

 

A veces va una así, desamparada,

Como pudiendo enamorar la nada,

Y el milagro aparece en una acera.

Carilda Oliver

Ojalá este soneto fuera mío. Qué más quisiera. Arrancárselo de los ojos a todo el mundo, no compartirlo con nadie, para poder beberlo cada día antes de acostarme. Acabo de cumplir 35 años y la vida me ha traído dos regalos inesperados.

Uno de ellos tiene forma de ángel casi humano, una mujer inmensa que me ha ayudado a curar mi pie maltrecho. Lo ha hecho con un sueldo de hospital precario y decenas de pies por atender. Me dio calor, me quitó el dolor y me devolvió la fe. Yo sé que puede parece exagerado, pero hacía años, muchos, demasiados, que no veía a un ser humano de ese calibre. Su talante es firme y casi tajante, pero sus manos, amorosas, explican sin pensarlo que nada es para tanto. La humana que me ha hecho volver a creer en los ángeles se llama María del Valle y no le doy las gracias por lo del pie, sino por rescatar mi alma del pedernal.

El otro regalo me lo hizo un tal Jordi y sucedió mientras trabajaba en el reducto en el que aún soy feliz: el flamenco. Fue en El Mediterráneo, en una sesión que organiza Mayte Martín una vez al mes, en la que invita a chicos y chicas que se están formando en el flamenco. Al escenario salieron hombres y mujeres muy jóvenes, dándolo todo, a veces con más tino, otras con menos, pero con todas las ganas de las que un cuerpo es capaz.

De repente, sin avisar, como suceden las cosas que te cambian la mirada, salió al escenario el tal Jordi, de apellido Fornells. La apariencia casi frágil que mostró al salir y cierta timidez se convirtieron en un grito de moribundo pidiendo el final. Yo creo que se me paró la sangre en las venas. Cantó como si pidiera morir, como el que no puede más. En la parte final que compartió con sus compañeros por fiesta, se arrancó por bulerías con una letra del más hermoso flamenco que nunca existió: Luis de la Pica. Yo sé que soy de azúcar en este tema. Sé que no tengo fuerzas para que me creáis objetiva, porque cuando en el horizonte intuyo el nombre del jerezano, se me importan tres peinetas las razones, los gustos, la técnica o la perfección. No quiero nada de eso. Yo quiero a Luis de la Pica y gente que lo comprende. Yo vivo para escuchar cosas como aquellas que escribía y cantaba el poeta que fue. Y allí las escuché, sin esperarlo, ya metida en mis 35, pero como vuelta a nacer, cansada sí, cómo no estarlo, pero repleta.

De ojos para fuera, todo está extraño. Y sé, lo tengo claro, que no ha cambiado el mundo, no. Es mi mirada la que poco a poco halla su foco.

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2 comentarios en “El milagro en una acera

  1. Ese sería el cartel que debería estar en cada puerta, en cada ventana, en el alma de todos los que tienen una pena y no saben soltarla más que cantando. Bendito sea el cante y todo aquel que lo siente y encima tiene la suerte de saberlo expresar.

Se permite cantar, se ruega no escupir

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