Rancapino, agramatical

Alonso Núñez, Rancapino.

Tengo un pie inmovilizado. Me he hecho daño. Y como soy flamenca y no entiendo el dolor sin agravantes, me he puesto un ratito a Rancapino. “Qué tontería”, me dice uno que conozco y que sabe que este cantaor me gusta a mi por alegrías. “Calla, tonto”, le contesto, “escucha esa forma de decir verdades tan de mentira”. Escucho su “tirititrán” tan personal y me levanto y cadereo, porque taconear no puedo con este pie idiota que se me ha quedado, y ya siento que mi cuerpo es pura guasa, que no alegría. No da para tanto el día.

Ahoro lo veo en Youtube, con ese pelo nacido de las pestañas, la frente chica, la boca amplia y un temblor en la garganta que no anuncia miedo, sino soltura. Rancapino es para mi, agramatical, rompiente, que no rompedor, y muy derrochón. No tiene normas, se las inventa y es tan refrescante oír su ronquera… Cuando Rancapino canta, suele reventar por dentro y trocar la voz en puro desahogo.

Que con la luz del cigarro, yo vi el molino.
Se me apagó el cigarro, perdí el camino.

Lo dice esto por alegrías y cuando sube la voz a lo alto, se pone muy ronco y muy tosco, puro Rancapino. Una vez le prohibieron cantar en un pueblo porque el alcalde pensaba que estaba afónico. Cuánta ceguera de oído, madre del amor doliente. No supo ver aquel hombre la belleza escondida en la tosquedad del de Chiclana, ni entendió la dulzura que emana de lo que no se puede pulir, ni la maravilla que supone, no escribir, sino decir faltitas de ortografía.

Hay algo en el flamenco que huye de la palabra. De ahí vienen el ayeo y el permiso que tienen los cantaores para dejarse las cosas a medio decir, como colgando de los labios. El flamenco aparta muchas veces a la palabra en beneficio de la expresividad, que no entiende de conjugaciones ni concordancias. Y eso Rancapino lo hace fenomenal.

Hoy, además de dolerme un pie, padezco afasia postelectoral. Casi ninguna de las palabras que escucho hoy me dice ya nada. Quizás por eso ha venido en mi rescate este gaditano zumbón, que con sus eficaces balbuceos envía mensajes claros a mi corazón y, tras un recorrido algo más largo, también a mi cabeza. Que no, amigos, que no. Que no hace falta hablar tanto para decir tan poco tan poco, que parece nada.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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