Goce en estéreo

Pepe Habichuela.

Anoche estuve escuchando a Pepe Habichuela. Fue en El Dorado – Sociedad Flamenca Barcelonesa, donde Pedro Barragán  y su gente han preparado un cartel de aquí a final de año que ya querrían algunos festivales. Iba  a pasar un buen rato, no a escribir, ni publicar. Pero en el relato de mi día de ayer se coló un elemento que cambió el rumbo de mis intenciones. No hace falta que explique quién es Habichuela. Diré a modo de indicación y para quien guste saber, que es prácticamente el único guitarrista capaz de hacerme creer que podría levantarme del asiento y bailar como una estrella.

A mi me suelen pasar cosas curiosas. A veces, incluso, me pasan cosas extrañas. Ayer, sin embargo, me sucedió algo precioso. Como era un recinto chiquito, me senté en la última fila de una hilera de asientos dispuestos en pendiente. Me ausenté un momento para salir a por una bebida, (esas son las cosas de las peñas, las cosas que no pasan en recintos enormes, los detalles que no soportan los que solo conocen este arte en escenarios grandes con luces perfectas y sonido irreal) y al volver, me habían quitado el sitio. Como iba sola, me dejé un pañuelo en prenda, es decir, solté mi mantoncillo floreado encima del asiento elegido y me fui a por mi trago. Al volver había una algarabía de personas que sintieron haberme quitado el sitio, haber arrumbado mi precioso paño en un rincón pero que muy educadamente me hicieron un hueco… distinto del que tenía. Me dio un poco igual porque a mi lado se acabó sentando una señora vestida de encaje blanco que olía a almizcle y que enseguida me cayó bien. Llevaba las patillitas tan gitanas que yo he visto tantas veces en otras mujeres de su raza, un pelo negro recogido hacia atrás, unas turquesas discretas colgándole de unas orejas que seguro preferían los corales y unos ojos, que incluso son aquella iluminación extraña, brillaban de buena manera.

Pronto supe que se llamaba Amparo y a pesar de la oscuridad que rápidamente se cernió sobre nosotras, pronto me di cuenta de que era la señora del maestro Habichuela. Escuchar al genio al lado de su compañera fue un deleite que no podría explicar en unas líneas. Oírla tocar el compás, golpe por golpe de lo que su marido interpretaba o improvisaba, fue una maravilla. Lo que Habichuela hizo fue lo de siempre y ojalá que dure mucho: vacilarle al mismo compás, a quien le tiene la papeleta tomada y sobre el que conoce todos sus secretos. Y forzar la máquina, los ritmos y las tonalidades a su santo antojo. Tocó con Josemi Carmona, su hijo, que lo hizo de maravilla, sorprendente, siguiendo el filo de la huella de su padre, con un  respeto y un buen gusto que arrancaron olés hasta de los más sosos del lugar. Y luego el maestro demostró quién es tocando pa’atrás acompañando a una Tamara Escudero que pareció algo nerviosa, pero que mostró una voz de caverna que daba escalofríos: añeja, aguda, tenebrosa, viva. El remate llegó con Ramón el Portugués al que hicieron salir sin avisar a marcarse unas bulerías de esa manera que tanto me gusta a mi: como si pareciera que la voz no fuera a llegar donde corresponde y no solo llega sino que incluso se sale del recinto.

Y a todo esto, Amparo Niño golpeaba con su mano morena su rodilla bailaora y profería olés y jaleos a sus seres queridos. Le llamó “guapo” a su hijo. Y a su marido le dedicó varios “Pepeeeeee”, en una mezcla de ánimo y regañina, en una invocación hermosa y pura, en un grito de amor de hace mil años. Mientras marcaba el compás de esta manera, Amparo me regaló sin pretenderlo otra versión del relato, una voz insospechada y decisiva. Qué gusto me dio verla después detrás del maestro diciéndole algo al oído y muriéndose los dos de risa. Qué ganas de decirle que bailara algo, que firmara el suelo con sus tacones. Ay, Habichuela, qué emoción verte en directo, tan de cerca, tan vivo, tan en forma. Y qué suerte la mía de poder hacerlo junto a Amparo, el regalo inesperado de una noche de septiembre.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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