Como un haz de luz

David Romero.

A veces suceden cosas hermosas. El miércoles por la noche me pasó una. Estaba un tanto distraída, pues encima del escenario del Mercat de les Flors, donde se celebra el festival Ciutat Flamenco (Barcelona,) había demasiado ruido para mi gusto. Chicuelo presentaba su particular visión de La Leyenda del Tiempo de Camarón con la presencia estelar de Shoji Kojima y a pesar de que he citado tres supernombres en una frase, mis ojos se abrieron como platos al salir sobre las tablas  un hombre vestido de beige.

Un color difícil para enamorar y un traje no demasiado adecuado me habrían tirado fácilmente para atrás en la situación que me encontraba, pero ese hombre no me permitió ni un segundo de respiro, no me permitió pensar, me alejó de cualquier frivolidad a la que pudiera estar dispuesta y bailó con un donaire que eclipsó a la misma luna.

David Romero consiguió sobresalir entre el ruido e imponer su furia. Vi sus  manos vivas, sus dedos inquietos, unas caderas demodeloras, golpes de hombro, salero, algún rodasán hecho con gracia exquisita, delicado, preciso, bello, con el que no perdió ni un segundo el toque masculino de su baile, de pierna fuerte pero económica, precisa y vigorosa.

Se paseó como se pasea la gente a la que todos miran, sonrió con desparpajo, frunció el ceño lo justo y se despachó unas piruetas que no buscaban ser acrobáticas sino pura danza, pura plástica, pura técnica con dulce corazón.

¿Dónde estabas, David? No te lo pregunto, solo me lo reprocho, pues ahora sé que existes desde hace tiempo. Un rato antes de verlo, Lucía Lijtmaer me decía que lo que sabe de flamenco lo sabe por mi. Y yo después de ver a David bailar de esa manera, me sentí muy en falta. Porque apareció tres veces, tres breves veces sobre el escenario y consiguió eclipsar, no solo a la luna, también a la flauta, al bajo, a la voz de El Salao e incluso a la guitarra de Chicuelo.

A veces sucede. Un rayo de luz atraviesa el cielo y una no encuentra el nombre que lo defina de tan luminoso. David es uno de esos haces de pura energía bien conducida que reverberan durante horas y horas y no te ciegan, ni te ensordecen, pero se te pegan a la retina y a la piel con la intención de quedarse ahí durante siglos.

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Un comentario en “Como un haz de luz

  1. Pingback: Descubrimiento

Se permite cantar, se ruega no escupir

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