En recuerdo de Sabicas, el hombre predestinado

Agustín Castellón Campos, Sabicas.

Anoche estuve viendo bailar a El Yiyo. Dieciséis años de tacón firme y frescura intacta. Un chico con intenciones de comerse el mundo a bocados e impedir que el flamenco desfallezca. Él mismo asegura que no quiere hacer moderneces, que quiere seguir la estela de sus antecesores, de los que respetaron la raíz y la fueron nutriendo. Eso me recuerda que tal día como hoy murió uno de esos, uno llamado Sabicas. Fue en 1990, después de haber paseado la guitarra flamenca por el mundo sin haber dado una sola clase en toda su vida. “No he tenido en mi vida maestros. Prueba de ello es que tengo un hermano al que no he podido ponerle nunca ni una sola variación. No sé enseñar, por eso no doy lecciones, porque a mí nunca me enseñó nadie. No sé por dónde se empieza. No sé música”, decía el maestro.

Se cuenta que Paco de Lucía lo vio tocar en Nueva York y ante una petición de Sabicas de que tocara algo, parece que tembló entero. “Muy bien, Paquito, pero un flamenco no debe tocar las cosas de otro, sino crear cosas propias”, le dijo el grande al principiante, que pareció quedarse con la copla y casi a partir de ahí empezó a componer.

Jordi Turtós resumió sencilla y eficientemente el peso y la importancia de Sabicas en la música flamenca en el obituario que escribió con motivo de su muerte en Rockdeluxe: “El alma de Sabicas habla a través de su guitarra, a través del tiempo, del silencio, del rasgueo o del repique sobre la madera, siempre medido, ajustado al fondo de lo jondo, al flamenco, en una palabra. Un flamenco que supo medir tanto en los tacones de Carmen Amaya como en la garganta de Morente”.

Manolo Sanlúcar escribió en su día una hermosa carta dedicada al gitano pamplonés que sacó  la guitarra flamenca de las fronteras españolas. Hablaba de él como alguien elegido, mágico: “Fue uno de esos hombres predestinados; sin otra misión en esta vida que ser guía y referente para quienes vemos en nuestra guitarra un modo de estar en Dios. No somos lo que decimos ser, somos lo que hacemos. Y esto era el maestro; un monje de clausura encadenado en gozo al corazón de un arte en donde se envolvía, por donde se buscaba, mostraba y definía.”

Les dejo con uno de sus acompañamientos a Enrique Morente. Una muestra más de que a Sabicas no le hacía falta dar clases para dar lecciones.
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Se permite cantar, se ruega no escupir

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