Todo empieza con un aullido

 
 
¿Nunca han sentido que estaban muy cerca de algo verdadero? Les voy a contar la historia de un instante que en el momento de suceder no significó prácticamente nada, pero que gracias al paso de los años, otros hechos ocurridos después y el monstruoso (a veces divino) don que tiene el lenguaje de casar lo verdadero con lo falso, me han hecho verlo como el momento en que empecé a amar el flamenco. Sé que no habría necesidad de encontrar ese minuto, pero la vida es narración y a veces incluso casi es sólo eso.

De aquella época sólo recuerdo con claridad que Vicente Amigo era el hombre más bello que pisaba el empedrado de Córdoba. Yo tenía pocos años y la unidad de tiempo para contar las horas eran los hombres guapos. Veía una cara como la suya y me quedaba colgada de las bolsas de sus ojos, un día, dos, tres…

– Deja ya de decir “qué hombre tan guapo”… Eso no se dice de los machos-, me reprendía mi abuela.

– Es que es guapo, abuela, guapo como un dolor…

Mi abuela reía por la ocurrencia y temblaba de premonición. En una niña casi adolescente se dan ocurrencias que más que gracia, hacen tiritar a las abuelas de moño y delantal negro. De pronto sentí un grito y salí a la calle. Mi abuela vino detrás, pero no salió, se asomó a la ventana y desde allí y en solo tres segundos recopiló la información: Mariquilla andaba suelta, se le había escapado a su madre. Dejé de mirar a mi abuela y me fijé en la calle. Allí estaba Mariquilla, con sus casi treinta años a cuestas, ropas de cría y peinado de subnormal. Al girar la esquina se paró de golpe. Miró hacia arriba y se quedó de piedra ante el santo metido en urna y empotrado en cal que presidía el cruce de caminos junto al que yo vivía. Y empezó a cantar:

Ni por dulce ni por buena

es comparable la miel

con tu dulzura morena,

si se compara la hiel

con lo amargo de mi pena.

Mariquilla no cantaba, aullaba. Y la pena de la saeta dejó de ser la del santo para ser suya. Qué bien eligió el palo. Podría haberle cantado a San Antonio por farrucas como una hereje o incluso por peteneras para acentuar su pena. Pero eligió la saeta y mirándolo a él, se la cantó a sí misma, convirtiéndose en mártir. De pronto, unas manos me taparon los ojos. Era mi abuela que quería protegerme de aquella visión que insinuaba un abismo y me dejó algo parecido al terror rozándome la piel. Ella no quería que viera aquello, quería evitar que me asomara al mundo. Por suerte, le hubieran hecho falta otras dos manos para impedirme escuchar aquella canción gritada por un ser trastornado a la que mi memoria, tan embustera, siempre acompaña con un tañer de campanas. No fue hasta más tarde cuando comprendí que aquel aullido me abrió en canal para recibir lo que debería ser una de mis fuentes de placer y también de desasosiego. Y un poco más tarde aún leí a Félix Grande y creí entender:

“¿Es el lenguaje, pues, una necesidad de consolar el desconsuelo que no tiene fin? Si ello es así, la primera palabra del lenguaje no pudo ser sino un grito. Y como la espesura vital que originó ese grito no ha cesado ni va a cesar jamás, el grito sigue llegando directamente al esqueleto de nuestro corazón; y nuestro corazón, al escuchar un grito, vuelve a ser primitivo, prelógico, casi homínido, casi animal. Y luego, la memoria  –ese maravilloso lenguaje que la materia y que la Historia juntas arriman a nuestra percepción para transformala en conciencia de ser– conserva para siempre ese grito. Lo olvida a veces, para descansar. Quizás, mejor, lo oculta. Pero cuando otra vez lo escucha, entonces, más que oírlo, y aún más que recordarlo, lo resucita. Vagamente comprende entonces la memoria que la comunión más profunda con todos los otros seres de la especie –los seres vivos y los seres muertos– se produce a través del grito. Que la orfandad del grito desemboca en la multitud. Que la fraternidad aúlla. Que el aullido es amor”.

(“Memoria del flamenco”; Punto de Lectura; 2007)  

Ahí estaba parte de la clave. Oír el grito desesperado de aquella mujer delirando o diciendo verdad, vaya usted a saber, me abrió los oídos y el alma, me puso en comunicación con algo auténtico. No sé qué es y este blog es mi manera de intentar averiguarlo. Porque es cuando escucho flamenco cuando más cerca me siento de poder aprehender esa cosa primigenia. Pasen, lean, canten, escuchen, opinen, griten. Y cada vez que salgan, déjense la puerta abierta.

Anuncios

2 comentarios en “Todo empieza con un aullido

Se permite cantar, se ruega no escupir

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s