La culpa fue de Fallarás

 

Cristina Fallarás.

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Todo empezó una Navidad. Mi ahínco por escribir sobre este mundo extraño y maravilloso del flamenco, quiero decir. Cristina Fallarás, esa pelirroja bella que nada cree en Dios y a la que, sin embargo, yo creo que algún ángel puto trajo a mi vida, tiene la culpa. Va a hacer dos navidades que estábamos en Factual, efímero diario en el que nos dejábamos los ojos trabajando desde la mañana hasta la noche y en el que algunos días acabábamos con una copa, por aquello de tener algo más que trabajo en nuestras vidas y alguna excusa extra para que nuestras parejas nos odiaran o simplemente, nos dejaran para siempre. Una de esas noches, hablando y hablando, con una copa en la mano, salió a relucir el nombre de la Paquera de Jerez. Sí, esas reuniones eran así, igual se hablaba de los escritores decadentes, de a quién le gustaba quién en la redacción, de la prohibición de los toros en Cataluña, o del pecho de la Paquera. Y en cuanto Cristina supo de mi pasión por el flamenco, se le encendió la chistera.

Al día siguiente, estaba yo contando muertos en Pakistán desde mi mesa —¡Qué suerte dudar de lo que uno hace todos y cada uno de los días que va a trabajar¡— con la ayuda inestimable de dos de las personas que más quiero en el mundo, Iván Vila y Braulio García Jaén, cuando de repente se acercó a mi mesa Arcadi Espada, del que yo sabía pocas cosas, mucho menos que era aficionado al flamenco. Se acercó y me espetó: “Ponte de acuerdo con Mario Fort que quiero que escribas un tema de villancicos flamencos”. También se marcó un pegote y prometió cantarme pa’atrás si yo me arrancaba a bailar por bulerías. Me quedé con las ganas de escuchar su quejío, pero es que hace mucho tiempo que a mí el cuerpo sólo me da para tocar las castañuelas.

Yo, que me dedicaba entonces al periodismo criminal (en varios sentidos), me hice un esguince cerebral intentando cambiar el chip de la engreída objetividad para enfocar de otra forma y hablar desde otro sitio, al que le falta tanta razón como al cerebro, dicho sea de paso. Miré a Cristina, que en la distancia, sentada en su mesa de subdirectora, se reía de mí al ver mi cara. Y así empezó una historia que acabó de cuajo, del mismo modo y al mismo tiempo que acabó Factual.

Pasó un año, empezamos a creer en Sigueleyendo y cuando estábamos a dos días de salir al aire Cristina me cogió y me dijo: “¿Por qué no escribes sobre flamenco?”. Y fue como sentir que resucitaba un muerto asesinado, se despertaron mis ganas de seguir con aquello, de escuchar flamenco para explicar cosas, de ver espectáculos para contar historias. No puedo agradecerle suficiente a Cristina que me diera esa patada en el culo, en plan “despierta, querida, que estás dormida”, que ella sabe dar como nadie en el mundo.

Y estos días se cumplen dos años de aquello y casi uno desde que La calle Tientos se publicara por primera vez en Sigueleyendo. Habría estado bien recuperar aquel artículo compartido con el bello Mario Fort, pero nada nos dejaron los dueños de aquel chiringuito, ni siquiera las pruebas del crimen (en tantos aspectos) en el que se convirtió Factual. Y como no me gusta repetirme, es una manía que tengo, prefiero no volver al tema de las navidades flamencas y me limitaré a ofrecerles un vídeo de La Paquera, que se basta y se sobra y no necesita presentación.

Que tengan un buen 2012, de corazón se lo deseo.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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