Dos cantaoras sin artificio

 

Tomasa Guerrero, La Macanita.

Me gusta el cante aprendido, leído y sabido. Me gusta el que se esfuerza en ahondar y entender qué es lo hace. Esa gente me gusta y me importa un comino de qué marca se visten. Eso no quiere decir que no me guste ver a los flamencos bien vestidos, luciendo tipo y títulos de conservatorio. Me gustan tanto como me gustan sus madres, sus padres, sus tíos y sus abuelas, que no tenían título, ni se vestían de marca y sólo distinguían los cantes a fuerza de cantarlos y escucharlos, a fuerza de alimentar el oído y expulsar lo consumido por la boca.

A mi no me importa que un flamenco tenga artificios, no, si lo que hace es limpio y sincero. Y no me importa tampoco que no los tenga. Estas dos fieras que hoy me ocupan no tienen ninguno. Se plantan en el escenario como si vinieran de hacer cualquier cosa y pasaran por allí, con una naturalidad que asusta. Y con un saber que encanta.

Tomasa La Macanita es jerezana y hermosa. La ramita de romero prendida en el pelo se pensó para ella y a mi me sigue dando rabia que Macani no tenga un concierto en un sitio grande todos los meses. Me gustan sus hechuras, las de antes y las de ahora, las que lucía cuando era una gitanilla pizpireta y ahora que es una señora de los pies a la cabeza. Tomasa es puro pecho, con él entero canta y se derrocha. Le sale la voz del mismo corazón, de eso no hay duda, y se desparrama en las bulerías como muy pocas. Algunos dicen que recuerda a La Paquera por la rotundidad con la que abarca el escenario y el desahogo que practica. Yo creo que tienen razón pero además, La Macanita para mi, es el cante que yo oía cantar a las gitanas cuando era pequeña. Y no es que haya cantes propiedad de una raza, es que Tomasa tiene ese punto que yo escuchaba cantar a mis vecinas, que entonaban en su casa, sin público, para sus adentros, como si rezaran o invocaran algún hado. Y cuando se tiene ese punto, no importa que se cante bajito o a voz en grito, porque el eco de la voz tiene un alcance inconmensurable.

Juana la del Pipa es la otra bestia que hoy me atrevo a nombrar. Esa mujer que canta con voz de hombre no entiende tampoco de artificios. Se sube al escenario o monta el tablao en el mismo suelo y arma un jaleo en medio minuto. Pelo hacia atrás, flor en la testa, quizás un mantoncillo y empieza la juerga. Lo que sale por su boca es pura vida. Por sus antecedentes familiares, hija de Tía Juana la del Pipa, iba para bailaora pero a ella la fuerza se le quedó en la garganta, con la que pone en más de un compromiso al guitarrista más “pintao”, pues ella siempre hace lo que le sale de la peineta y lo que le dicta su soberano corazón.

Estas dos hembras no cantan para los pusilánimes, ni para los que buscan en el flamenco una forma de pasar el rato tranquilamente. Estas dos son de Jerez, de Cádiz, del ombligo mismo al que están ligados, nazcan donde nazcan, los que saben de compás. Junto a Dolores Agujetas, otra hembra a la que dedicaré un espacio en otro momento, grabaron Mujerez, un disco que resume qué saben hacer estas fieras del flamenco con pocos o ningún artificio. Pero nada como verlas en carne viva…

 

 

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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