La pasión según Turturro

 

Pietra Montecorvino en un fotograma de ‘Passione’, de John Turturro.

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Yo ya no sé si es que todo me sabe a flamenco o que John Turturro tiene más guasa que Chano y toda su estirpe junta. John, aquel señor vestido de lila que jugaba a los bolos al ritmo de un Hotel California flamenqueao en El Gran Lebowski, ha hecho una película sobre la música napolitana que ha tituladoPassione. Cómo si no. La presentaron en el Festival Beefeater In-Edit y si bien no será la película del año, tenía trozos de vida y honestidad que sientan de maravilla entre tantos números y tanto cenizo acechando.

Turturro presenta la música napolitana, que como el flamenco, es básicamente popular y que cuando no lo es, el pueblo se la queda de todas formas. La presenta cantada por jóvenes y no tan jóvenes intérpretes y una entiende rápido que un mensaje recorre toda la cinta: el pueblo que sufre canta y el que sufre mucho, canta mejor. Si usted es de los que piensa que el flamenco es el guardián de la hipérbole, vea esta película o escuche Vesubio o algún temazo de Renzo Arbore. Presten atención a ese italiano que suena a portugués y que se habla en Nápoles y el añadido de ese acento, de esa otra lengua casi, hace aún más doliente cada palabra que exhala el que canta.

Un pueblo que en sus letras siempre llora sangre, que vive entre volcanes, físicos y figurados, lleno de sinos ineludibles, de naturaleza bestial, de malos que someten a demasiados, compone, baila y canta como el napolitano. Como el andaluz. Como tantos otros. La música es esa cataplasma que si no cura, al menos calma. Vean Passione y tengan cuidado de no confundir a la hembra que baila con vestido de volantes, flores en el pelo y chapas en las punteras de los zapatos con una gitana bailando tientos. Será fácil que cuando Misia interpreta Indifferentemente, crean oír una versión italiana de una copla de Mari Fe de Triana. Y no sería tampoco raro que un día, después de ver la película, escuchen  una soleá de Morente  y les parezca escuchar alguna de las cosas terribles y enormes que canta Pietra Montecorvino con esa voz destrozada de vida que aplasta pleuras y deja sin aire.

El amor tiene sus límites, el dolor casi siempre encuentra su meta, incluso la pena tiene medida… Lo que no conoce puertas, ni diques, ni finales es la pasión, que es una actitud, no un sentimiento. No es algo que se sienta aparte, es algo que se aplica a todo. En Nápoles, en Cádiz o en Pekín.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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