En el Teatro Coliseum me senté y lloré

 

Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito.

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El hombre que protagoniza esta historia se llama Juan. Anoche rindió tributo a los muertos y dignificó a los vivos bailando en el II Festival Flamenco Carmen Amaya de Barcelona. Hace tiempo que dejó de ser un chaval, anoche por lo menos demostró ser un hombre. De los de verdad. Debería quitarse el diminutivo porque Juan merece llamarse de una vez por todas y para siempre Farruco, aunque sé que no lo hará por respeto a sus mayores.

Si Elizabeth Smart hubiera estado anoche donde yo estuve, no le importaría que usara el título de su novela para titular yo esta crónica. Ayer pasó que la noche que los españolitos debíamos cambiar la hora para vivir en el invierno de una vez por todas, se paró el tiempo. Farruquito salió al escenario del Teatro Coliseum y cortó el aire. El de los pechos de las mujeres que lo aman sin condiciones, el de su público que lo esperaba como agua de mayo y el aire en general, el que corre por la calle y nos permite la vida.

No pude evitar tener en mente lo que dicen de él quienes le critican sin decir su nombre. Tenía miedo de un exceso de golpes y de ruido. Entré buscando un acróbata y me encontré un bailarín. ¡Qué placer comprobar que estaba equivocada! Juan toca el suelo, lo acaricia y mesa el aire. Practica un baile de hombres, centrado en las piernas, en el zapateao, en la potencia. Pero sabe parar y recrearse, mover las manos, cerrar los ojos, tomarse un tiempo. O dos o tres… o el infinito. No teme al silencio, ni a la quietud. Huele el ambiente, marca cada movimiento, sonríe o se lamenta con su bello gesto, quiebra su cuerpo espigado y se cede el paso a sí mismo ocupando todo el escenario con su etérea presencia. A Juan anoche se le rompió el tacón de una bota. Las consecuencias del ímpetu, seguramente, el mismo que contuvo para arrancarme tres lágrimas cuando salió vestido de corto a bailar farrucas.

Incluso bailó sentado mientras le acechaban al cante dos hembras de raza como son La Fabi  y María Vizárraga. Y él, sin inmutarse, dejándose querer, mostrando que a sus espaldas va el peso de una estirpe, de una raza, diría yo que de la Humanidad. Me dice todo esto lo hondo de sus hechuras, lo místico de su pose y de su mirada. Juan podría ser poeta y aunque coquetea con ello, le puede el cuerpo, que le pide a gritos que grite al mundo el “ay” de su gente y reproduzca con su cuerpo el grito primero del primer hombre que habitó el mundo. Hay tanto de historia en lo que hace, tanto de antiguo, de ancestral, de mágico…

La gente lista sabe acompañarse de gente sabia. Y a Farruquito le cantaron anoche como merece. Destacaré lo que hicieron Pedro Heredia “El Granaíno”, que se dejó las tripas en el escenario y el papel deslumbrante de Fabiola Pérez “La Fabi” porque es escandaloso lo que hace con su voz y con sus tripas. Si anoche se trataba de rendir tributo a Carmen Amaya, yo creo que Juan cumplió con creces. Aunque me atrevo a decir que más de uno en el otro mundo se sintió homenajeado con el temblor que en la tierra provocaron anoche los pies de Farruquito.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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