Mayte, la bien amada

 

Mayte Martín

Mayte Martín es la musa de este festival”. Con esta única frase Manuel Calderón explicaba la filosofía del III Ciclo Catalunya Arte Flamenco, que empezó anoche su tercera edición con la actuación de la aludida en el Teatre Sagarra de Santa Coloma de Gramanet. Mayte, que es impasible a los elogios, no movió ni un músculo al oír la frase. Ella sonríe a medias, aunque siempre ríe a mandíbula batiente, desde las tripas, desde el mismo lugar de donde saca el cante. Y anoche entendí esa forma tan contenida que tiene Mayte de mostrarse en público. Quizás es que no pueda darse más alguien que se entrega tanto las veces que se sube a un escenario.

Anoche Mayte nos mató a todos de puro gusto. Y su público, al que yo aún no conocía, estuvo a la altura del flamenco que cantó ella: un flamenco de un buen gusto inexplicable, único, lírico.  Hacía tiempo que no oía tantos oles en una sala vestida de negro y sobria como la propia Mayte. Empezó con granaínas y la gente aplaudió. Siguió con malagueñas y pensé que el recinto se venía abajo. Mayte junta las manos cuando canta como si rezara, pero no le hace falta y de tanto en tanto mira a Juan Ramón Caro, su guitarrista, aunque ninguno de los dos lo necesita. Y es tan evidente que se conocen y se entienden, que tanta complicidad podría considerarse a ratos casi pornográfica.

Mayte canta en primera persona del masculino singular. Como hacía Ana Torroja y se deshace entera ya sea por alegrías, por fandangos o por una exquisita guajira que se marcó para deleite de su público entregado. Pero Mayte sabe de qué va esto, sabe que el aficionado flamenco puede ser amante y en un instante, quedarse frío. Por eso ella se parte el alma, con sus ojos del color del cielo de Barcelona mirando y respetando a quienes tiene delante. Mayte te da la daga con la que acabas haciéndote el harakiri, empieza por las tripas, por las cosas hondas y va aligerando… en tono, que no en hondura ni en belleza. Te recorre el estómago, te lo incomoda y luego se va al corazón y te lo estalla.

Lo que hace Mayte es milagroso. La potencia de su voz se fue por unas alturas que el techo del teatro no lograba contener y bajó en vuelo rasante, elegante y cómodo como esa mariposa blanca a la que ella le canta, hasta el borde del rojo clavel que no  es otro que su público que la ama. Mayte es una mujer afortunada: su público la entiende y entiende el cante. Es gente que ha escuchado mucho flamenco, a los mejores y que por edad, han podido oír en directo a gente que los más jóvenes hemos pillado en grabaciones y sólo de pasada. Y Mayte respeta a sus predecesores, su público lo sabe y por eso la ama. Dijo una vez Félix Grande que el cantaor no inventa, recuerda. Y la memoria de Mayte resulta ser prodigiosa.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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