Tres formas de dar la cara

 

Rosario La Tremendita.

Rosario abre la boca hasta el dolor, le tiemblan la cara y las mejillas y las cejas se arquean y caen bordeando la comisura de sus ojos. La frente se le arruga, como si tuviera voluntad, y los labios, incluso con la boca completamente abierta, tiritan, exhalando un balbuceo, una expresión quizás de impotencia por no alcanzar a saber decir tanto dolor, tanta alegría, tanto lo que sea. Así es La Tremendita, una tipa que transmuta en fiera cuando canta, que convierte su cara en un muestrario de muecas, gestos y pucheros. Que tuerce la mandíbula y esconde los dientes, como si temiera ser capaz de morder. Acaba el cante y La Tremendita vuelve en sí. Se templa, se relaja, embellece.

Rosario La Tremendita casi parece fría cuando no canta. Asegura que vive y duerme para el flamenco, que no para de estudiar, que aprende todos los días, que toca todos los palos. Y se le nota. Los cantaores jóvenes como ella no son como los de antes, no parecen ir de juerga en juerga, siempre tienen la voz a punto y unas ansías por conocer y estudiar que a muchos puede sonar a pérdida de frescura. Nada más lejos. Ver a La Tremendita es entender que esa afirmación es falsa, pues esa furia que ella saca no se ensaya ni se aprende, y es imprescindible para dedicarse a lo que se dedica.
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Si La Tremendita muta cuando canta, José Mercé se guarece. No he visto (haberlos haylos y lo que es seguro es que los hubo) a un cantaor que se tape tanto. Él que siempre ríe, sonríe y estalla, baja la cabecita cuando canta, entorna los ojos y sólo los abre con mucha prisa y con cierta guasa colgada de las pestañas. Mercé agacha sus mejillas sobresalientes, provocadoras, insinuantes, casi femeninas y priva a los demás de verle sus ojos verdes, grises, qué importa, hermosos. Su boca grande también le habla al suelo y el pelo que siempre le rodea el óvalo le ayuda en su misión de ocultarse un poquito, quien sabe si por miedo, por respeto o por vergüenza.
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El que parece no sentir ese pudor de tanto temple como le acompaña es Tomatito. Aún tiene los pómulos marcados y los ojos muy lejos de sus cejas, que son de un tipo que sólo se ven ya en los gitanos y en las Ava Gardner que este mundo ha dado. Además, tiene la sonrisa más bonita entre los flamencos vivos y su gesto, contenido, nada histriónico, es un gesto atento, que observa, estudia, persigue al cantaor y siempre lo alcanza. Los dedos le van tan rápidos como la cabeza y su rostro expresa esa concentración y el respeto por cada nota, por cada cuerda. Tomatito es la cara de la calma, de la atención, del don. Es el rostro de un flamenco calmo, reposado, sereno, de mirada intensa y a veces doliente. ¿Hay algo más flamenco? Este gitano silencioso de Almería no necesita gestos para ser más bello, ni poses para que la cara le salga guapa en ninguna foto. La música no lo transforma, la música lo ratifica. A veces, cuando actúa solo, cierra los ojos y se evade. A veces, incluso, hace un gesto de estar pasando fatigas para llegar a donde quiere… pero no es verdad, Tomatito siempre llega donde quiere. El gesto sólo es un apoyo, un refuerzo, una reacción que tiene cuando oye lo que sale de sus manos y que hasta a él debe parecerle imposible.

A Rosario el flamenco la transmuta en fiera, a Mercé lo lleva a esconderse y regalarse con los mismos gestos mientras que a Tomatito, sólo le confirma lo que el espejo ya le muestra cada mañana.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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