Para bailar hay que ser fina

 

PEPA MONTES

Pepa Montes.

“En la vida no hace falta, pero para bailar hay que ser fina”. Esto lo decía mi abuela los días que estaba inspirada, que eran casi todos, y les aseguro que esto no es amor de nieta. Yo la entendía perfectamente, quizás porque ya había visto bailar a Pepa Montes la primera vez que le oí dictar esta sentencia a mi abuela del alma. No es que Pepa sea vulgar, eso sería como decir que el cielo existe y huele mal. Pepa es el cielo y huele a rosas. Tiene la cara guapa y los ojos limpios. Las manos elocuentes, estilosas, largas. Y los pies, sus pies, se hicieron para dar pasitos sigilosos, como los de la madre que se te acerca y te arropa.

Yo tengo envidia de ella. Ella es como el agua, es vida, fluye y tiene que ver con todo lo que sugiere calma y belleza. Hasta cuando toca es ordinaria, Pepa es fina. Una no puede abrir las piernas para hacer un replante por bulerías si tiene cerca a Pepa Montes. La comparación no es odiosa, es mortal. Hay gente que debería callar ante los sabios. Muchas otras deberían sentarse y convertirse en piedra cuando la Montes baila.

Los años no le pasan factura. Aún cuando el baile es una disciplina que requiere forma física, tono y salud, Montes ha conseguido hacer más bello su genio. Taconea con dulzura, no con pereza, y su cintura aún se quiebra de esa forma tan hermosa que sólo saben hacer ella y los juncos de agua cuando los toca el viento.

Pepa es la bella estampa de la Escuela Sevillana. Esa escuela que sugiere, marca y roza, nunca zapatea a lo bruto, ni da saltos, ni hace aspavientos.

“En la vida no hace falta, pero para bailar hay que ser fina”. Esto lo decía mi abuela los días que estaba inspirada, que eran casi todos, y les aseguro que esto no es amor de nieta. Yo la entendía perfectamente, quizás porque ya había visto bailar a Pepa Montes la primera vez que le oí dictar esta sentencia a mi abuela del alma. No es que Pepa sea vulgar, eso sería como decir que el cielo existe y huele mal. Pepa es el cielo y huele a rosas. Tiene la cara guapa y los ojos limpios. Las manos elocuentes, estilosas, largas. Y los pies, sus pies, se hicieron para dar pasitos sigilosos, como los de la madre que se te acerca y te arropa.

Yo tengo envidia de ella. Ella es como el agua, es vida, fluye y tiene que ver con todo lo que sugiere calma y belleza. Hasta cuando toca es ordinaria, Pepa es fina. Una no puede abrir las piernas para hacer un replante por bulerías si tiene cerca a Pepa Montes. La comparación no es odiosa, es mortal. Hay gente que debería callar ante los sabios. Muchas otras deberían sentarse y convertirse en piedra cuando la Montes baila.

Los años no le pasan factura. Aún cuando el baile es una disciplina que requiere forma física, tono y salud, Montes ha conseguido hacer más bello su genio. Taconea con dulzura, no con pereza, y su cintura aún se quiebra de esa forma tan hermosa que sólo saben hacer ella y los juncos de agua cuando los toca el viento.

Pepa es la bella estampa de la Escuela Sevillana. Esa escuela que sugiere, marca y roza, nunca zapatea a lo bruto, ni da saltos, ni hace aspavientos. Matilde Coral sabe un rato de esto, no puedo olvidarla. Esa Escuela Sevillana no entiende tanto porrazo, tanto ruidito, tanto escándalo para bailar. La Montes hace bandera de sus brazos, de sus hombros y de esas manos que siempre se mueven al ritmo del dedo corazón y no en abanico, dedito tras dedito, como hacen otras.

El golpe de su cadera es delicado, preciso, elocuente y siempre da la cara, la planta, la enseña y rara vez la esconde: sería pecado. La escuela a la que pertenece y que Pepa ha hecho aún más grande es amante de la enagua y la bata de cola. La Montes luce la primera con estilo y mueve la segunda como si fuera parte de su cuerpo. Pocas lo hacen con tanta soltura. Sus fines de fiesta me saltan las lágrimas. Ella no remata fuerte, no hace ruido… Ella se va paseando, con sus piececitos bellos, diciendo adiós con su mano abarcadora. Es como si supiera de una manera muy profunda, que a las valientes nunca les hace falta salir corriendo.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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