Anatomía de la seducción

 

 

Las sevillanas se bailan, sobre todo, en ferias y demás saraos del sur de España. Y no es que los jóvenes sureños no sepan qué se cuece más allá de Los Romeros de la Puebla o que no sepan amenizar sus fiestas si no es a base de palmas y jaleos. Yo creo que es una apuesta por la seducción.

Las sevillanas se componen de cuatro piezas, agotadoras cuando son rápidas y extenuantes si suena una lenta. Los brazos se yerguen para tocar el cielo y sólo bajan a la altura del cuerpo cuando llega el momento de tocar al otro, el gran momento, para qué engañarnos. Sólo se le toca de vez en cuando, ahí está la gracia y lo sugerente. Ya no se bailan lentos y algunas descubrimos que teníamos cintura bailando por sevillanas. Se puede saber qué clase de hombre tienes delante cuando te ciñe en alguno de los muchos cruces que componen este baile. Los cruces, ay, los cruces. Hay quien te cede el paso sin ni siquiera rozarte; hay quien convierte la mano en garra y quieres salir corriendo; y hay quien la posa en el lugar exacto, el tiempo preciso, con la presión justa y te suelta cuando toca.

Las manos son vitales y adornan al bailaor más envarado. Los chicos mueven los dedos de dos en dos, las mujeres de uno en uno: maneras de ver la seducción, ¿no les parece? Los ejercicios para aprender a moverlas como procede son agotadores, sólo los que han dedicado horas a tocar una guitarra pueden imaginar a qué me refiero. Y cada dedo es un planeta que debe moverse solo, por separado, no sirve de nada olvidar el meñique, porque sería como no rematar una hermosa faena.

Las piernas van por su cuenta, no deben tocarse. Eso ya no sería seducción, ustedes me entienden. Las sevillanas acaban justo en el momento en que la historia de amor ya debe ser cosa privada. Pero deben estar fuertes y resultar rotundas. No se trata de emular a Nadia Comăneci, sino de pisar con garbo y zapatear con seguridad, como si toda la vida hubiera usted estado haciendo nada más que eso: bailar.

Los pies se dan paso uno a otro y una y otra vez. Y dan pie al de delante a pasar por tu lado marcando el ritmo de lo compartido. Deben moverse suavemente en el denominado “paso de sevillanas”, denominación sencilla y hasta simple del paso más repetido, con el que se abren las cuatro sevillanas y los segundos tiempos de cada una de ellas. Simples, pero elocuentes, porque nada más empezar el baile, uno sabe cuál es la sensibilidad del compañero. Si lo ejecuta con desgana, es preferible fingir un esguince y dejarlo correr. Como con casi cualquier cosa que se empiece con desidia, vamos. Si los dedos de los pies apuntan en la dirección correcta y se arrima el pie contrario al que ha empezado con dulzura y determinación, la cosa fluirá, no lo duden. Porque lo más sencillo suele ser lo más complicado y que nadie les diga lo contrario.

“Las sevillanas se bailan con los ojos”. Esto me lo dijo una vez Mariló Regidor, que tuvo a bien enseñarme a bailar sevillanas y otras cositas. Para ella era muy fácil, pues decía eso mientras te miraba con unos ojos verdes que le llegaban hasta la raíz del pelo y se apoyaban en unos pómulos arrebatadores. Cuando giraba la cara en uno de los cruces, habría dado la vida por ser Antonio Gades y tener ojos en la nuca para cruzarme con ella. Ella predicaba siempre con el ejemplo y verla bailar sevillanas era extasiarse. Erguía la cabeza, sacaba el pecho, metía el vientre (un clásico en cualquier baile) y miraba desafiante y sensual a su compañero, que si no caía enamorado en la primera pieza es porque tontos los hay en todas las esquinas.

Las sevillanas se bailan de frente, cara a cara. No le den la espalda a su pareja, ni en los cruces, ni en los pasos. Ni siquiera en las muchas vueltas que hay que dar en la cuarta sevillana. Ni tampoco en el cruce de culo que se da en la tercera hay que dejar de mirarse. En resumen, hay que tener bemoles y ponerse chula, porque mirar a los ojos de alguien durante tanto rato no es apto para todos los talantes.

Con la cuarta sevillana llega el final. La más complicada y sugerente, la que anuncia el éxtasis y el plante. Vueltas, cruces y pasos cortos y acelerados que quitan el aliento y acaban en jadeo. Si este último cuarto es un punto y final o uno seguido es cosa de los bailaores.

Como para muestra, lo mejor es un botón, aquí va un vídeo de la película “Sevillanas”, de Carlos Saura, donde se practica este arte en clave lenta y en plan orgiástico. Que ustedes lo bailen bien.

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Se permite cantar, se ruega no escupir

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